¿Estilo europeo o elegancia argentina?


El fenómeno conocido como globalización también está presente en el mundo del vino; sin embargo, ya es hora de dejar atrás las regiones productoras de Burdeos, Borgoña o Rioja a la hora de definir a las etiquetas locales.


Si mal no recuerdo, fue a principios de este siglo cuando numerosos comunicadores, en diferentes regiones del planeta, comenzaron a tratar el tema de la globalización en el mundo del vino. Se hablaba de la uniformidad de gustos y de la pérdida de identidad de ciertas regiones célebres que, hasta ese entonces, atesoraban el carácter generado por sus respectivas características de clima y suelo. Así, una corriente industrialista y estandarizadora parecía destinada a borrar de un plumazo las singularidades de uvas, terruños y métodos ancestrales de elaboración. Aunque ya muy transitada y vuelta a transitar por casi todo el mundillo que rodea a la más noble de las bebidas, la polémica no ha terminado del todo. Sus resabios aún se pueden escuchar en diferentes conversaciones relativas a temas enológicos, y tal vez se sigan escuchando durante muchos años. La evolución de la actividad en esta década que comienza determinará hasta dónde ha de llegar el fenómeno en cuestión, así como sus consecuencias futuras para la producción, el comercio y el consumo internacional.
Por supuesto, nuestro país no resultó ajeno a ese problema y también tuvo sus discusiones internas al respecto, matizadas por los rasgos particulares que son propios de nuestra vitivinicultura. Casi de manera lógica (si tenemos en cuenta las condiciones climáticas que reinan en los viñedos patrios), el principal foco en ese contrapunto de opiniones fue el de la concentración de los tintos, que estaba dando lugar a caldos cada vez más oscuros, pesados y alcohólicos, con una sobrecarga innecesaria y ampulosa de aromas golosos y sabores densos. Etiquetas, en definitiva, carentes de algunos atributos indispensables en todo gran vino que se precie de tal: equilibrio, frescura y complejidad.
Pero como ocurre siempre con las corrientes de moda, hubo un debido tiempo para la contracorriente. El último quinquenio vio surgir una nutrida gama de enólogos, bodegueros y consumidores dispuestos a defender los valores que le otorgan al vino su condición digerible, agradable y compatible con la comida. Apareció entonces otra generación completa de ejemplares armónicos, estilizados, amplios en aromas y sabores, que pueden beberse y disfrutarse de principio a fin sin empalagamientos, indigestiones ni dolores de cabeza.
Felizmente, este nuevo grupo logró ser casi tan numeroso como aquel que, en su momento, inundó el mercado de alta gama con productos renegridos y condensados. Tanto es así que quien suscribe se ha visto sorprendido en los últimos tiempos al recorrer un par de ferias y encontrar algunos casos particulares verdaderamente notables, no tanto por su sola condición de elegancia (atributo logrado por un número ya importante de etiquetas), sino por esos matices terrosos y minerales que hasta hace poco parecían casi imposibles de lograr en estas latitudes. Y lo dicho no se reduce solamente a los tintos ya que lo propio se puede descubrir en un par de blancos que están dando mucho que hablar entre los paladares inteligentes.
Ahora bien, lo que parece ser un final feliz para el tema de la “neoconcentración”, al menos por ahora, resulta asimismo una oportunidad para volcar una serie de reflexiones personales a la consideración de los lectores. A lo largo de casi dos décadas y en incontables ocasiones periodísticas, he dado en rotular ese tipo de vinos como “muy europeos” o de “estilo europeo”. Y lo hice a falta de otro término que definiera mejor el perfil recién señalado, hasta entonces tan poco numeroso entre la producción nacional.
Era, a mi criterio, el modo más adecuado de hacer alusión a algo familiar en el mundo del vino, a una analogía accesible para cualquier aficionado conocedor con un entendimiento promedio. Debo confesar, con no poca satisfacción, que el término “estilo europeo” para definir los vinos argentinos basados en la elegancia, la complejidad y el equilibrio comienza a resultarme fuera de época, casi como un verdadero anacronismo.
A esta altura resulta evidente que existen suficientes etiquetas vernáculas con tales características como para hacer referencia a un estilo propio, local, sin necesidad de utilizar comparaciones de ultramar. Se acabaron para mí los vinos del país que recuerdan a Burdeos, a Borgoña o a Rioja.

No digo que nunca más volveré a escribirlo, porque la costumbre de años puede llegar a traicionar mi subconsciente, pero puedo asegurar que haré todo lo posible para abandonar aquel modismo literario que me acompañó durante tanto tiempo. Creo sinceramente que nuestros vinos hacen que valga la pena el esfuerzo. Ya no más “estilo europeo”; ahora hablaré de “elegancia argentina”.


Fuente: http://www.elconocedor.com