Hay tipos raros en el mundo del vino


Hay tipos raros en el mundo del vino

Pedro Parra es uno de los pocos consultores de suelos vitícolas que existen en el mundo. Es un verdadero terroirist: un experto en terruños capaz de entender la relación que tienen las raíces y las piedras con el vino que se elaborará con las uvas que allí nacen. Un oficio, singular como pocos, que también desarrolla en la Argentina.



Conocí recientemente a un tipo fascinante como hacía mucho no conocía. Se llama Pedro Parra y se dedica a un cuento muy loco: es consultor de suelos. Sí; el tipo llega a una viña, ya tiene allí varios pozos cavados exclusivamente para él, y tras charlar un rato –lo menos que pueda– con el enólogo, agrónomo o bodeguero que lo reciba, va y automáticamente empieza a meterse en los pozos. Uno tras otro. A esos pozos rectangulares de aproximadamente un metro por dos se los llama calicatas, y dentro de esos agujeros húmedos y hasta tenebrosos es donde mi nuevo amigo, Pedro Parra, saca a relucir su sabiduría. Creo que no debe haber en el mundo sitio más raro que un pozo para dar rienda suelta al talento de uno; pero bueno, al él le sale ahí. El tipo está obsesionado con las piedras que descansan sepultadas bajo la tierra. Es rarísimo. Yo ya había escuchado hablar y había leído sobre Pedro Parra. Es, de hecho, una eminencia en lo que a suelos hace, variable que, dentro del concepto “vino”, no es nada menor. Decía que conocía la existencia del chileno, pero nunca había visto una foto suya. Me lo imaginaba mayor, bastante mayor, y, no sé por qué, con bigotes y anteojos de marco austero.
El Pedro Parra de mi cabeza se parecía a un geólogo, hablaba sin reírse, y aunque era muy interesante para escuchar, mayormente lo hacía acerca de la era paleolítica-penta-aluvional y esas cosas que miles de siglos atrás conformaron los suelos. Pero no. Para mi sorpresa, el verdadero Pedro Parra debe tener mi edad (yo tengo 37), le gusta hablar de jazz, tiene pinta de tipo de barrio, es morocho y robusto, anda con poca ceremonia y hasta twittea. Y ni por las tapas usa anteojos ni bigotes.
El motivo de su visita a Buenos Aires fue que comenzó a trabajar en un proyecto junto a Altos Las Hormigas, y entonces vino a presentarlo junto al enólogo de la casa, Alberto Antonini. Se me ocurrió pedir a la bodega si intercedía para que pudiera hacerle una entrevista y, tras la presentación, finalmente salimos a cenar (con Alberto Antonini y unos pocos más). Más allá de las preguntas y respuestas, mucho más allá de mi curiosidad periodística, lejos, lo mejor fue, como en casi todo lo que rodea al vino, la persona.
De chico estudió en Chile; luego, en Montpellier, Francia; después, París; trabajó en varios de los más importantes terruños de Europa, de Estados Unidos, de Chile y de la Argentina, y desarrolló muchas de las más inteligentes lecturas sobre suelos en el hemisferio sur. Y ahora estaba ahí, frente a mí, hablando obsesivamente como loco de piedras que tienen millones de años bajo la tierra y de como estas rocas son tan asombrosamente capaces de influir en los vinos, en sus aromas y sabores. El tipo tiene como una patología con eso y habla una y otra vez de una “colección” de calicatas que atesora en su cabeza, del fracturamiento del suelo, si se quiebra la roca y de cómo puede quebrarse. Es que, asiente, “si la roca no se quiebra, cagaste”. Pasan uno y otro vino, uno y otro plato, y yo sigo charlando con Pedro Parra y me sigo imaginando la vida de este tipo al que lo contratan de un sinfín de zonas vitivinícolas para que les cuente qué es lo que ve debajo de la superficie de sus fincas. Es una especie de psicólogo de las raíces, de analista terapeuta de los perfiles de suelo. Un semiólogo que decodifica mensajes radiculares teniendo en cuenta su relación con las piedras; algo por cierto bizarro.

Pero este tipo de cosas me hace pensar cuán complejo, sofisticado e intrínseco es el mundo del vino y que número insoportable de variables a atender puede llegar a tener un blanco o tinto. Hay expertos en mezclar vinos, expertos en hacerlos, expertos en barricas, en terruños, y también hay expertos en entender lo que sucede debajo de la tierra. No deja de ser todo muy extraño, pero tarde, volviendo a casa, me doy cuenta del complejo entramado que puede haber detrás de una botella y de cuán complicada es cada una de sus aristas. Esto, quiera uno o no, aporta a entender más cabalmente el concepto de vino. Si no lo hace por positividades, será por negatividades, pero sin duda aporta mucho. ¿Qué quiero decir? Que luego de conocer a Pedro Parra, no tengo una respuesta para contestar la pregunta interminable acerca de lo que el vino es. Pero sí me da elementos para saber lo que el vino no es. Si el secreto de algunas bebidas está en su fórmula mágica repetida y conservada a rajatabla (como la Coca Cola), pues bien, el vino es todo lo contrario. Allí la fórmula es no tener fórmula, es ir investigando y probando sobre cada una de las interminables variables que uno ve. Y, en el caso del bueno de Pedro Parra, sobre lo que está escondido, sobre lo que uno no ve.


Fuente: http://www.elconocedor.com