Nunca digas nunca antes


Muchos de los que aseguran que en la Argentina de antaño no se producían vinos de alta gama, se sorprenderían al enterarse que las variedades finas predominaban en las fincas argentinas.


Hace poco, durante una degustación a la que asistí junto a un reducido grupo de colegas y demás personajes del sector, se planteó un breve contrapunto de opiniones que dio lugar a la idea de escribir sobre el tema que sigue. Ocurrió que, en determinado momento, por una derivación temática ajena al tema central de la cata, alguien mencionó que “en 1995 aparecieron los primeros vinos argentinos de alta gama”. Fue entonces cuando me permití observar que tal afirmación, aunque dicha de muy buena fe, era marcadamente errónea. Acto seguido agregué un par de datos para argumentar con solidez mi punto de vista, para lo cual tuve que recurrir a un tema que siempre me gusta transitar y del que se sabe tan poco: la historia olvidada de la vitivinicultura nacional.
En nuestros días, la investigación histórica vive el momento menos alentador que yo recuerde. El Bicentenario fue un breve período en el que el pasado de los argentinos pareció volver a ser un tema de interés masivo, pero lo fugaz de la celebración y la poca seriedad de muchas “recopilaciones” sobre la historia de nuestro país (casi siempre teñidas de un molesto tinte político) echaron a perder su mayor utilidad, que es el aprendizaje de los acontecimientos capaces de explicar quiénes somos y por qué somos lo que somos. Del mismo modo, el ayer de los vinos patrios se encuentra inmerso en una bruma que casi nadie se atreve a disipar, y no porque falten testimonios incontrovertibles sobre ello, puesto que existen por centenares. Sólo hace falta tomarse el trabajo de salir a buscarlos.
El estereotipo más difundido acerca de lo ocurrido en materia de vinos argentinos desde 1990 hacia atrás se reduce siempre a la siguiente y tremebunda simplificación: una industria gigante, masificada, carente de toda noción de calidad, enmarcada entre bodegas sucias y viñedos que sólo pretendían producir la mayor cantidad de uva posible. Si bien es cierto que tal imagen puede ser aplicable al período comprendido entre 1940 y 1990 (aunque hilando un poco más fino se puede comprobar que ésa no era toda la verdad), resulta completamente inadecuada si seguimos retrocediendo en el tiempo y nos trasladamos a las primeras cuatro décadas del siglo XX. Muchos de los que aseguran que en la Argentina de antaño no se producían vinos de alta gama se sorprenderían al enterarse que las variedades finas predominaban fuertemente y las bodegas tenían toda la tecnología de su tiempo para vinificar con los mismos parámetros que se aplicaban en las regiones europeas más renombradas. Como reflejo de ello, numerosas etiquetas ganaban medallas en ferias y exposiciones internacionales. Otros acontecimientos foráneos, como el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, obligaron a una rápida sustitución de importaciones vinícolas que fortaleció el concepto de vino noble existente desde fines de la década de 1880. Por supuesto que también había vinos malos y problemas de fraude (en especial durante el transporte y la comercialización en barricas), pero todos sabemos que los procederes delictivos no han sido patrimonio exclusivo de esa época. Sin ir más lejos, ayer nomás, en 1993, varios argentinos murieron por consumir vino adulterado.
La distorsión de nuestro pasado vitivinícola más lejano induce a ignorar que el presente reconocimiento mundial no fue causado exclusivamente por la visión privilegiada de tal o cual bodeguero o consultor internacional. Bien al contrario, las personas de hoy lograron recoger aquello que tenían del pasado para hacerlo adaptable a los requerimientos contemporáneos, porque el Malbec ya estaba plantado en Mendoza, al igual que el Torrontés en Salta y el Pinot Noir en la Patagonia, y no por casualidad. Hace cien años se tenía la absoluta certeza de que cada una de las variedades citadas se daba mejor en cierta región particular, como claramente lo señalan infinidad de relatos, testimonios y documentos oficiales. Si el vino argentino no fue un boom de exportaciones hasta hace poco fue simplemente porque ningún país del Nuevo Mundo podía acceder a semejante privilegio. Recién en los últimos treinta años el fenómeno de los vinos no europeos se hizo tan global como lo conocemos hoy. Por eso, creer que en estas tierras sólo hubo grandes vinos en la última década y media es desconocer una enorme parte de la realidad.

Una anécdota final: tres bodegas argentinas, en diferentes ocasiones, me han asegurado que fueron las primeras en lanzar vinos varietales al mercado argentino con la mención explícita del cepaje en la etiqueta. La que se remonta más atrás señala el año 1968 como fecha de ese acontecimiento. Seguramente, ninguna de ellas sabe que en 1898 se vendía un vino nacional muy popular con el rótulo de Malbeck. Y, aunque por el momento no puedo probarlo de manera fehaciente, hay indicios de que era un varietal tan puro como los ejemplares actuales más prestigiosos.


Fuente: http://www.elconocedor.com