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Rosados de alta gama: 6 sugerencias para sofisticar y refrescar tu boca


Rosados de alta gama: 6 sugerencias para sofisticar y refrescar tu boca

Atrás quedó el tiempo en que los vinos rosados eran mirados de reojo. Ahora se consiguen ejemplares frescos, con buena expresión aromática y gustativa. 6 elegidos para este verano.


Alta Vista Malbec 2011 ($39)
Hace cinco años bodega Alta Vista proponía uno de los primeros rosados decontracté, con una etiqueta en la que rendía homenaje a las tijeretas que vuelan en las fincas mendocinas. Ahora, con nuevo y atractivo diseño de Arda Kissoyan, vuelve a sorprender con una linda etiqueta ilustrada. Rosado rico y frutal, en el que mandan las frutas maduras, resulta fresco y directo en boca, con persistente sabor. Si querés saber qué gusto tiene un Malbec recién cosechado, probalo.

Saurus Malbec Rosé 2010 ($42)
La Patagonia no es una región en la que abunden los rosados. Sin embargo, al puñado de etiquetas que había se suma este vino de Familia Schroeder, lanzado al mercado este año. La casa neuquina tenía un antecedente rosé en su Rosa de los Vientos, un sparkling a base de Pinot Noir, pero ahora sorprende con un Malbec. Frutado y elegante al paladar, presenta buen volumen de boca y rica acidez. Con un plus: luce joven para ser 2010. En eso, la región patagónica aporta una cuota de longevidad y frescura.

Carmela Benegas 2010 ($50)
Este vino esconde un truco: no está elaborado con ninguna de las variedades de uva que saltan en la mente de primera intención, sino que se trata de un auténtico rosado de Cabernet Franc. De ahí su costado entre frutal y ligeramente salvaje, al que completa una boca de un andar suave, matizada por una rica y carnosa textura. Para comer, es un número puesto. Pero también para beber sólo recién sacado de la frapera, cuanto mejor si el epílogo de una tarde de pileta.

Amauta Rosé 2011 ($55)
Lo hemos dicho en otro lado, este es un de los mejores rosados de Argentina. Elaborado con uvas de Cafayate –Cabernet y Malbec-, la bodega Porvenir de los Andes -asesorada ahora por el crack Paul Hobbs- consigue con este ejemplar dos cosas que son difíciles en el pink world argento: por un lado, se presenta intenso, fragante y rico en sabores frutales; por otro, es seco al paladar, sin un trazo de de dulzuras suculantes y maquilladas. De ahí que sea perfecto para comer un buen tapeo.

Críos Rosé 2011 ($57)
Elaborado por Susana Balbo en Dominio del Plata, Mendoza, este vino demuestra en una sola copa que la enóloga y empresaria sabe muy bien lo que hace. Intenso y de atractiva elegancia, es el ABC de lo que puede ofrecer un rosado que combine buena fruta roja y frescura en partes iguales. Con una dosis interesante de cuerpo y peso, por lo que será la puerta de ingreso perfecta para todo aquel consumidor de tintos que busque entrar al universo rosado.

Finca La Anita Petit Verdot 2011 ($80)

La bodega de Manuel Mas –lo hemos dicho en estas páginas hace poco- transita una nueva etapa creativa. Con la asesoría de Susana Balbo, la casa sigue tan amiga del sosiego como antes, pero ahora le suma novedades de temporada como este rosado de Petit Verdot, único en su género aún. Destaca por su boca amplia, carnosa y de largo final persistente, en donde se adivina el carácter impetuoso del varietal. Nos parece perfecto para una paella valenciana o una tabla de quesos.


Fuente: http://www.planetajoy.com

Historias del vino argentino


Historias del vino argentino

Felipe Pigna, uno de los máximos referentes argentinos de la ciencia que estudia nuestro pasado, reflexiona sobre el rol del vino en una serie de importantes sucesos que hacen a la historia de la Argentina.



Desde su irrupción en los medios, Felipe Pigna rompió con el estereotipo del historiador: una persona acartonada que repetía sin cesar los mismos sucesos que durante siglos el poder de turno se encargó de escribir y difundir… Esos que nos enseñaron prolijamente en nuestra infancia, los que nos hicieron representar en actos escolares.
Ese cúmulo de mitos, que abarca gran parte de los dos últimos siglos, es el que Pigna se propuso desbaratar desde que estudiaba en el Instituto Nacional del Profesorado Joaquín V. González, donde se recibió, con el único objetivo de acercarle la historia a la gente, narrada de otra manera, más didáctica, más entretenida… Para él, nuestro pasado es un capital social colectivo. Claro que sus puntos de vista le valieron elogios y críticas, defensores y detractores.
Curioso por naturaleza, le alcanza el tiempo para hacer de todo: escribe (es el autor, entre otros libros, de los cuatro volúmenes de Los mitos de la historia argentina, un suceso editorial), conduce el ciclo de entrevistas ¿Qué fue de tu vida? por Canal 7, director de la revista Caras y Caretas y del sitio El Historiador… y la lista sigue. “Soy muy metódico para el trabajo; me levanto muy temprano pero a las 19 horas corto el día. Lo que no pude hacer hoy, lo haré mañana. Además, en esto de la historia no hay apuros, de eso se trata”, nos dice con una sonrisa.
En los estantes de las bibliotecas que tapizan las paredes conviven souvenirs de sus viajes, enciclopedias, manuales y obras de los más diversos autores. Es un amante confeso de nuestros vinos: “Disfruto mucho degustar etiquetas que no conozco; además, siempre ceno con vino”.

¿El vino estuvo presente en los acontecimientos importantes de la Argentina?
En las jornadas del Cabildo Abierto del 22 al 25 de mayo de 1810, algunos documentos dejan constancia sobre el consumo de vino generoso por parte de los allí convocados, que seguramente provenía de los dos bodegones decentes que había en torno a la plaza: la Fonda de los Tres Reyes, propiedad de un genovés llamado Juan Bonfillo (sobre la actual calle 25 de Mayo), y La Casa de Monsieur Ramón (sobre la actual calle Defensa), en la cual un auténtico chef francés preparaba comidas para llevar y tenía una escuela donde las señoras enviaban a sus esclavos a aprender a cocinar.
Durante la etapa colonial, el Virreinato del Río de la Plata tuvo un gran desarrollo económico. Cada región tendió a especializar su producción para el intercambio con otras. Cuyo, por ejemplo, producía vino y aguardiente. Con la gobernación-intendencia de José de San Martín, entre 1814 y 1817, esta incipiente industria se fue profesionalizando en busca de una calidad superior con la llegada de enólogos franceses y a través de un trabajo muy profundo en el tema del agua y el riego de los viñedos basado en los esquemas de los habitantes originarios, los huarpes.

Hay una anécdota con San Martín de protagonista que habla precisamente sobre la calidad de los vinos mendocinos…
Exactamente… San Martín era sobrio en el comer y en el beber, pero eso no opacaba su buen gusto. Era un gran conocedor de vinos y le gustaba hacer descripciones de los diferentes ejemplares de Europa, pero particularmente de los de España. Para probar lo que sabían sus oficiales sobre vinos y a fin de darles una lección acerca de una mirada que se estaba haciendo un tanto popular por aquellos días, la de optar por lo extranjero por pensar que era mejor, San Martín cambió las etiquetas a una botella de vino de Málaga y le puso la de uno de Mendoza y viceversa. Al servir una ronda del de Málaga con el rótulo de Mendoza, los oficiales no quedaron satisfechos; sin embargo, al convidarlos con una copa del falso Málaga, todos dijeron que era delicioso, que se notaba la mano de viticultores con experiencia y que no había punto de comparación. San Martín, enojado, los increpó, les contó la verdad y dejó en evidencia que se elegía lo de afuera antes que lo local. Un hecho que demuestra a las claras la personalidad e inteligencia de San Martín.

En el cruce de los Andes, ¿los soldados llevaban vino para combatir el frío?
Sí, se transportaba en cuernos de vaca como recipientes individuales porque no había dinero para comprar cantimploras. En realidad, eran para el agua, pero se dice que alguno que otro llevaba más de uno con vino o aguardiente para no sufrir los embates de ese clima hostil.

¿Qué otros personajes que forjaron los primeros pasos de nuestra nación tuvieron una relación directa con el vino?
En general, y dentro de sus posibilidades, casi todos. Si bien no tenían muchas ocasiones para disfrutarlo con tranquilidad porque las campañas militares y las batallas ocupaban gran parte de sus tiempos, ni bien tenían la posibilidad lo hacían. Domingo Faustino Sarmiento fue otro de los personajes salientes que estuvieron emparentados con la vitivinicultura, sobre todo cuando fue gobernador de San Juan (1862-1864) desde donde impulsó la educación y el desarrollo de las ciencias agrarias en todo el país.
El vino, además, tuvo en esos tiempos, hasta casi la llegada del nuevo siglo, una particularidad muy especial, y creo que aún la sigue manteniendo: ser la bebida para los festejos. De hecho, en muchas oportunidades durante la Guerra de la Independencia, los oficiales solían premiar a sus tropas con copas llenas de vino después de una victoria.

¿A partir de qué momento el vino se transforma en un consumo popular?
La popularidad la alcanza cuando se incrementa notablemente el consumo durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón (1946-1952). Fue muy impresionante el acceso masivo a distintos bienes de sectores que durante mucho tiempo habían estado postergados, no sólo electrodomésticos o automóviles sino también alimentos como la leche, la carne, el pan… y el vino. En este último caso, como se superó la oferta, el Gobierno Nacional autorizó su estiramiento con el agregado de agua para que alcanzara para todos. De ahí en más, diría que es un hito de su presencia en la cotidianeidad, hasta entrada la década del 70, el vino se convierte en un hábito de la mesa. Aparecen las damajuanas, los vinos sueltos y los “pingüinos”. Yo viví esa época, la del tinto con un chorrito de soda en las comidas... era la bebida de los almuerzos y las cenas; la Coca Cola se tomaba sólo en los cumpleaños.

¿La sofisticación del vino de los últimos años ha sido el punto de inflexión para que esta bebida no se convierta en un símbolo de la argentinidad?
Es muy probable. Todavía no terminamos de identificar al vino como un elemento de argentinidad y no cabe ninguna duda de que hoy por hoy lo es, ya que nos representa y nos hace quedar muy bien parados en el mundo. Tal vez esto tenga que ver con el mensaje que la industria estuvo difundiendo sobre el vino a partir del nuevo siglo, en el cual la sofisticación y la calidad se convirtieron en sinónimo de elite, alejándolo de la gente con la consecuente pérdida de la identificación.
Lo paradójico del asunto es que, a la vez que la comunicación apuntaba a una minoría selecta, la mayoría de las bodegas no dejó de elaborar un amplio abanico de opciones en todos los rangos de precios porque sabían –y saben– que hay un gran público para todas esas propuestas. Entonces, en vez de hablarle sólo a unos pocos, por ahí deberían haberse focalizado en el conjunto.

¿Nacional y popular podrían definir lo que debería ser el vino?
Perfectamente. Es que el vino recorre todo el país y ha sido un elemento transversal –y en muchos casos, complementario– a los acontecimientos históricos; es parte de nuestra cultura y pese a que aún no tiene hinchada propia, por lo que decía de la argentinidad, en algunas personas despierta grandes pasiones porque es un elemento vivo. Es por eso que se le hacen canciones, poesías, obras… Hace poco tuve la oportunidad de conversar con Horacio Guarany, un ícono de nuestro folclore y un amante con todas las letras de tintos y blancos, quien me comentó que, al alcanzar la fama, se mudó a una casa en el barrio de Coghlan, de la Ciudad de Buenos Aires. En el terreno lindero, también de su propiedad, construyó lo que él llamó “el templo del vino”, un espacio destinado a agasajar a sus amigos, que tenía parrilla, horno de barro, biblioteca, sala de música con piano… y una enorme cava llena de botellas. Allí se reunía a disfrutar con personajes de la cultura, el arte y el deporte, como Armando Tejada Gómez, Froilán González, Juan Manuel Fangio, Los Chalchaleros, Alberto Olmedo, Jorge Cafrune…

Es muy interesante pensar que el vino esté asociado a ciertos momentos de alegría de la gente…
Sí, claro. Sucede que el vino es la bebida social por excelencia y no hace diferencia de clases. En reuniones populares, el choripán y vino es infaltable; mientras que en festejos de sectores pudientes es, por ejemplo, queso Brie y un tinto de alta gama. La bebida, calidad más, calidad menos, es la misma. En Coplas de baguala del Valle Calchaquí, Atahualpa Yupanqui dice: “Y el rico le dice al pobre, ¡Calavera, chupador!, y el rico chupa en su mesa, y el pobre en el mostrador. Dios hizo al vino y al hombre, pa’ que se puedan juntar, Dios es Todopoderoso, ¡hágase su voluntad!”.

Hoy en día, el vino da mucho prestigio, ¿por qué es tan difícil ver testimonios fotográficos o artísticos que vinculen con el vino a próceres o actores ligados a las decisiones del país?
Hasta no hace mucho tiempo la imagen del vino no era muy buena que digamos porque siempre estuvo emparentada con el exceso y el alcoholismo. En nuestro país hubo graves problemas con esta enfermedad por circunstancias culturales que iban más allá del placer de beber o acompañar una comida: el famoso “copetín al paso” o un vaso de “cabezón” (un tinto al que se llamaba así porque rápidamente se subía a la cabeza) servía a los obreros mal pagos para desquitarse de la situación que vivían. Y se tomaba mucho vino porque era más barato que otras bebidas, incluso hasta la década del 20 del siglo pasado era más económico que la cerveza. A mediados de los 40, en la Argentina peronista, el doctor Ramón Carrillo, al frente de la Secretaría de Salud Pública, desarrolló fuertes campañas en contra del alcoholismo con cierto éxito, obviamente acompañadas de una suma de contenciones sociales y un país en el que había posibilidades de trabajo, de tener la casa propia, de educación…

¿A Perón le gustaba el vino?
Sí, le gustaba y a Evita también, pero en ese sentido ambos eran muy sanmartinianos, muy austeros tanto en las bebidas como en las comidas, que solían ser elaboraciones sencillas; almorzaban y cenaban casi siempre lo mismo: asado con papas y vino con soda.

Sin pretender que hagas futurología, pero basándonos en todo lo que sucedió en todo este tiempo, ¿cómo crees qué serán nuestros vinos en 100 años? ¿Seguirán acompañando los sucesos del país?

Seguramente, ya que su evolución se nota a diario: frecuentemente tenemos mejores ejemplares, más etiquetas y propuestas para degustar, nuevos lugares de producción… Si bien ya es parte de nuestra cultura, con el paso del tiempo se va a ir arraigando aún más en nuestras costumbres… El vino tiene vida y, además, es uno de los inventos más lindos de la humanidad.


Fuente: http://www.elconocedor.com

Las Propiedades del Vino


Las Propiedades del Vino

Las propiedades dietéticas y terapéuticas de vino son reconocidas actualmente por la ciencia moderna. Pero es evidente que estas propiedades se expresan mejor cuando la calidad del producto es excelente.

Las principales propiedades del vino son las siguientes:

El vino es un alimento
El vino que tiene un valor nutritivo es en efecto una sustancia alimentaría que aporta al organismo unos elementos perfectamente asimilables.

El vino es un tónico
La tonicidad del vino tiene su origen principalmente en los taninos. Mientras más rico en taninos más tónico será el vino. Esta tonicidad se manifiesta no solamente niveles físicos, sino también psíquicos. El vino es, pues, un medio natural de recuperación si es tomado después de un esfuerzo físico.

El vino tinto, sobre todo si es viejo, es particularmente indicado en períodos de convalecencia, o en el transcurso de enfermedades infecciosas.

El vino es un equilibrante nervioso
El profesor Fiessinger afirmaba que "el vino mantiene en un justo equilibrio la mente y los sentimientos".

El vino desarrolla en efecto propiedades euforizantes particularmente beneficiosas para la depresión. Se recomienda sobre todo cuando el paciente debe, por razones particulares, observar unas restricciones alimentarías por razón de dieta terapéutica.

El vino es un digestivo
El vino de buena calidad absorbido en dosis razonables en el curso de las comidas facilita el mecanismo de la digestión. El vino es muy rico en vitamina B2. Esta vitamina permite eliminar las toxinas y la regeneración del hígado. Participan de una manera activa en el metabolismo de las proteínas y de los glúcidos.

Por otra parte del vino estimula la segregación de los jugos gástricos. Es particularmente indicado con las carnes y pescados, pues facilita el proceso digestivo.

También se reconoce que el consumo de vino tinto, fuente de taninos, actúa sobre las fibras lisas de la musculatura intestinal y aumenta así las propiedades peristálticas, siendo un medio suplementario para evitar el riesgo de constipación.

Un buen vino puede entonces revelarse como eficaz en el tratamiento de colitis espasmódicas.

El vino es diurético
El vino, particularmente el vino blanco es diurético. Los vinos blancos ácidos y también los cavas son ricos en tartratos y en sulfatos de potasio que actúan como benéfico sobre los riñones, asegurando así una mejor eliminación de toxinas.

El vino es un remineralizante
El vino contiene una fuerte concentración de sales minerales que son del todo perfectamente asimilables. Entre ella, se deben citar sobre todo el calcio, potasio, magnesio, silicio y también zinc, flúor, cobre, manganeso, cromo y el anión mineral sulfúrico.

El vino es un bactericida
La acción bactericida del vino ha estado presente desde al antigüedad. Se manifiesta después, sobre todo, de epidemias.
En 1886, Rambuteau remarca que los bebedores de vino eran menos sensibles al cólera que los bebedores de agua.
Recientemente el profesor Masquelier ha demostrado el poder bactericida de los tintos de Burdeos en casos de "collibacillose". Investigadores canadienses descubrieron que el vino tinto podía atacar ciertos virus, entre ellos los de la poliomielitis y del herpes.
Las propiedades antisépticas del vino son más elevadas cuando el vino es viejo.

El vino es antialérgico
Para el profesor Masquellier es evidente que el vino se opone a todo exceso de formación de histaminas, que es el elemento responsable de los fenómenos alérgicos. Por otra parte, la riqueza de manganeso y de vitamina B hace del vino un buen antialérgico.

Se puede decir por último que el vino tiene una acción benéfica sobre el sistema cardiovascular.

El vino actúa en el sistema cardiovascular
En efecto es en el sistema cardiovascular donde el vino parece actuar con el máximo de eficacia. El laboratorio del profesor Masquelier ha demostrado que ciertos constituyentes del vino podían prevenir el infarto de miocardio. Los constituyentes responsables de esta acción protectora son las procianidinas. Estas pueden controlar al menos tres factores:
1- Aceleran la depuración del colesterol, pues facilitan y refuerzan la acción de la vitamina C (la vitamina C es necesaria para depurar el colesterol).
2- Estabilizan las fibras de colágeno que sirven de sostén a diversas arterias.
3- Se oponen a la producción local de histamina sospechosa de desencadenar los procesos aterógenos.

Son de hecho los taninos del vino los que contienen las procianidinas. Se puede concluir que un vino rico en taninos es rico en procianidinas.


Fuente: http://www.clubdarwin.net/

Torrontés, el blanco que se impone


Torrontés, el blanco que se impone

Argentino por definición, el Torrontés produce vinos que seducen por su fragancia y su personalidad. Las modas le quitaron protagonismo, aunque todo indica que ahora es el momento para devolverle la gloria.


Hace algo más de una década y media existía una simple prueba que el que suscribe realizaba cada vez que comía en un restaurante: observar y contar la cantidad de mesas en las que se bebía vino Torrontés. Los resultados solían ser aplastantes, frecuentemente cercanos al 80 o 90% del total. Hoy, aquella prueba adquiere un considerable valor estadístico al hacer una comparación con las costumbres actuales en materia de consumo.
Los años pasaron y el Torrontés fue perdiendo vigencia. Ya no se lo veía en restaurantes y góndolas con la misma profusión. El periodismo especializado no se ocupaba tanto de él o directamente lo ignoraba. Dejó de ser motivo de nuevos lanzamientos por parte de las bodegas. Los premios otrora constantes pasaron a ser esporádicos. ¿Qué le ocurrió a esta variedad y a sus vinos, que hasta no hace mucho nos enorgullecían y prometían tanto? La respuesta a esta pregunta puede hallarse en la conjunción de múltiples factores. Por un lado, la inclinación de la balanza del consumo hacia los vinos tintos, fenómeno muy marcado durante la década pasada y particularmente fuerte entre los vinos de calidad. Por otro, el desarrollo de numerosos varietales blancos que hasta entonces tenían una incidencia muy baja en el mercado. Siguiendo esta corriente, la mayoría de las bodegas optó por el camino más sencillo (algo lógico y no necesariamente criticable), privilegiando la elaboración de vinos comercialmente exitosos en el primer mundo, como el Chardonnay, el Sauvignon Blanc y el Viognier.
Pero el pasado siempre vuelve, y el caso del Torrontés no es una excepción. Durante el último bienio empezó a resurgir como un auténtico emblema nacional en materia de vinos blancos. No por nada los extranjeros, tanto aficionados como expertos, se quedan fascinados cuando lo prueban. Al decir de ellos, su sabor les produce la extraña sensación de estar tomando algo familiar, pero a la vez distinto a todo lo conocido. En efecto, cuando está bien hecho, el Torrontés es una verdadera maravilla enológica mundial, ya que ofrece características únicas. Mientras su aroma recuerda a un ramillete de flores y algunas frutas, el sorbo obligado a continuación produce una seudosensación de dulzura, dado que es uno de los pocos vinos que sabe a uvas frescas, casi como si uno estuviera tomando un zumo recién exprimido de los racimos. Esta curiosa impresión dulce (aunque el vino sea seco), fresca y agradable, es quizás la mejor carta de presentación del blanco argentino por excelencia.
Como si esta multiplicidad de potencia aromática, sabor voluptuoso y frescura jugosa no fuera suficiente, nuestro héroe tiene también una muy buena predisposición a combinarse con las comidas de manera sumamente versátil. Es bien conocida su simbiosis con los platos típicos del NOA: el huascha locro, las empanadas salteñas y los tamales, sin olvidar otros guisados vigorosos y picantes bastante frecuentes en todo el territorio patrio.
Para los que gustan de las gastronomías foráneas, el Torrontés es un excelente amigo de las comidas orientales, especialmente la china, la thai y la hindú. No menos acertado es el acuerdo con los platos mexicanos, tan difíciles de casar con los vinos en general debido a la presencia de picantes fuertes. Hace muy poco tiempo, un conocedor centroamericano me aseguró que el Torrontés es el vino más indicado para acompañar toda una típica parrillada argentina, incluyendo achuras, chorizos y morcillas, y realmente debo decir que no se equivoca.
Por todo eso y mucho más, tal vez sea éste el momento de darle el apoyo decisivo a este noble blanco desde todos los sectores vinculados a la industria vitivinícola nacional. Un apoyo que, sin dudas, sabrá retribuir con creces.


Fuente: http://www.elconocedor.com