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El vino a través de la historia


El vino a través de la historia

El vino está unido a la historia del hombre desde sus orígenes. Recientemente se ha informado del descubrimiento de un jarrón de barro encontrado en las montañas de Zagros, en Irán, de 5.500 años de antigüedad, en cuyo fondo se han encontrado restos de vino. Hasta el momento, es el documento arqueológico más antiguo que se conoce de la historia del vino.



El descubrimiento del vino probablemente fue, como el de los grandes descubrimientos de la Humanidad, un hecho casual. Podemos imaginar cómo un depósito donde se almacenaron las uvas recogidas al final del verano fue olvidado en un rincón de la cueva o cabaña. Durante el invierno se produjo la fermentación, y pasados unos meses el hombre probó el zumo fermentado, comprobando sus agradables efectos.

Así el hombre incorpora el vino a su vida social, compartiendo el descubrimiento con el resto de la comunidad; a su vida alimenticia, comprobando cómo mejora el gusto de los alimentos y cómo le aporta una energía suplementaria; a sus prácticas curativas, al descubrir sus virtudes sanatorias; y por fin a su vida espiritual, al comprobar que el vino le eleva a un estado que le acerca a sus divinidades.

La cultura mediterránea es la cultura del vino y del aceite. A España llega el vino desde las antiguas civilizaciones mediterráneas, con los fenicios y griegos. Aún hoy podemos degustar vinos semejantes a aquellos que se producían entonces: el retsina, elaborado en Ática, al que se le añade durante la fermentación resina del pino Alepo, o el vermut, similar al vino que tomaban los romanos, al que se le añaden hierbas aromáticas.

En la cultura mediterránea el vino está incorporado a la vida cotidiana. Se consume principalmente en casa, junto a las comidas, y en familia. Alrededor del vino se entablan las grandes conversaciones, que probablemente serían menos elevadas si nos faltara el vino. Alrededor del vino celebramos nuestras alegrías y mitigamos nuestras tristezas. Sin vino no hay una buena comida, y quizás "la comida no es más que una excusa para beber buen vino" –como me dijo una noche el gran Abraham García mientras cenaba en su restaurante Viridiana–.

Y alrededor del vino también nace una cultura, la cultura del buen vivir, de gente civilizada que cree en la amistad y mira la vida desde un plano diferente.

Desde el principio de la humanidad se sabe que el vino, producto natural y ecológico obtenido de la fermentación del zumo de la uva, tomado con moderación, es beneficioso para la salud. A lo largo de la historia el vino ha sido utilizado como estimulante, fuente de energía, e incluso en el tratamiento de diversas dolencias.

Escritos médicos antiguos y libros sagrados están repletos de citas elogiando las propiedades sanitarias del vino.

Hipócrates afirmaba que "el vino es cosa admirablemente apropiada para el hombre, tanto en el estado de salud como en el de enfermedad, si se le administra oportunamente y con justa medida, según la constitución individual".

En el Eclesiastés podemos leer: "¿Qué es la vida a quien le falta el vino, que ha sido creado para contento de los hombres? Regocijo del corazón y contento del alma es el vino bebido a tiempo y con medida".

San Pablo recomendaba: "No prosigáis en beber agua sola, sino usar un poco de vino por causa del estómago y enfermedades frecuentes".

Fue sin embargo a finales del siglo pasado cuando se comenzaron a analizar científicamente los elementos que contenían los distintos alimentos, desvelándose ya algunas propiedades del vino, hasta el punto de que Louis Pasteur llega a afirmar que "el vino es la más sana e higiénica de las bebidas", gracias a su contenido en diversos elementos favorables para el organismo. En un momento histórico como aquel, en el que el mundo asistía temeroso al descubrimiento de los microorganismos, esta afirmación tenía un gran valor y demostraba gran valor.

En los años finales de este siglo hemos asistido a una rápida sucesión de estudios y descubrimientos sobre las propiedades del vino y sus componentes. Todos ellos se inician a partir de la denominada "paradoja francesa", a la que dedicaremos nuestro

Historias del vino argentino


Historias del vino argentino

Felipe Pigna, uno de los máximos referentes argentinos de la ciencia que estudia nuestro pasado, reflexiona sobre el rol del vino en una serie de importantes sucesos que hacen a la historia de la Argentina.



Desde su irrupción en los medios, Felipe Pigna rompió con el estereotipo del historiador: una persona acartonada que repetía sin cesar los mismos sucesos que durante siglos el poder de turno se encargó de escribir y difundir… Esos que nos enseñaron prolijamente en nuestra infancia, los que nos hicieron representar en actos escolares.
Ese cúmulo de mitos, que abarca gran parte de los dos últimos siglos, es el que Pigna se propuso desbaratar desde que estudiaba en el Instituto Nacional del Profesorado Joaquín V. González, donde se recibió, con el único objetivo de acercarle la historia a la gente, narrada de otra manera, más didáctica, más entretenida… Para él, nuestro pasado es un capital social colectivo. Claro que sus puntos de vista le valieron elogios y críticas, defensores y detractores.
Curioso por naturaleza, le alcanza el tiempo para hacer de todo: escribe (es el autor, entre otros libros, de los cuatro volúmenes de Los mitos de la historia argentina, un suceso editorial), conduce el ciclo de entrevistas ¿Qué fue de tu vida? por Canal 7, director de la revista Caras y Caretas y del sitio El Historiador… y la lista sigue. “Soy muy metódico para el trabajo; me levanto muy temprano pero a las 19 horas corto el día. Lo que no pude hacer hoy, lo haré mañana. Además, en esto de la historia no hay apuros, de eso se trata”, nos dice con una sonrisa.
En los estantes de las bibliotecas que tapizan las paredes conviven souvenirs de sus viajes, enciclopedias, manuales y obras de los más diversos autores. Es un amante confeso de nuestros vinos: “Disfruto mucho degustar etiquetas que no conozco; además, siempre ceno con vino”.

¿El vino estuvo presente en los acontecimientos importantes de la Argentina?
En las jornadas del Cabildo Abierto del 22 al 25 de mayo de 1810, algunos documentos dejan constancia sobre el consumo de vino generoso por parte de los allí convocados, que seguramente provenía de los dos bodegones decentes que había en torno a la plaza: la Fonda de los Tres Reyes, propiedad de un genovés llamado Juan Bonfillo (sobre la actual calle 25 de Mayo), y La Casa de Monsieur Ramón (sobre la actual calle Defensa), en la cual un auténtico chef francés preparaba comidas para llevar y tenía una escuela donde las señoras enviaban a sus esclavos a aprender a cocinar.
Durante la etapa colonial, el Virreinato del Río de la Plata tuvo un gran desarrollo económico. Cada región tendió a especializar su producción para el intercambio con otras. Cuyo, por ejemplo, producía vino y aguardiente. Con la gobernación-intendencia de José de San Martín, entre 1814 y 1817, esta incipiente industria se fue profesionalizando en busca de una calidad superior con la llegada de enólogos franceses y a través de un trabajo muy profundo en el tema del agua y el riego de los viñedos basado en los esquemas de los habitantes originarios, los huarpes.

Hay una anécdota con San Martín de protagonista que habla precisamente sobre la calidad de los vinos mendocinos…
Exactamente… San Martín era sobrio en el comer y en el beber, pero eso no opacaba su buen gusto. Era un gran conocedor de vinos y le gustaba hacer descripciones de los diferentes ejemplares de Europa, pero particularmente de los de España. Para probar lo que sabían sus oficiales sobre vinos y a fin de darles una lección acerca de una mirada que se estaba haciendo un tanto popular por aquellos días, la de optar por lo extranjero por pensar que era mejor, San Martín cambió las etiquetas a una botella de vino de Málaga y le puso la de uno de Mendoza y viceversa. Al servir una ronda del de Málaga con el rótulo de Mendoza, los oficiales no quedaron satisfechos; sin embargo, al convidarlos con una copa del falso Málaga, todos dijeron que era delicioso, que se notaba la mano de viticultores con experiencia y que no había punto de comparación. San Martín, enojado, los increpó, les contó la verdad y dejó en evidencia que se elegía lo de afuera antes que lo local. Un hecho que demuestra a las claras la personalidad e inteligencia de San Martín.

En el cruce de los Andes, ¿los soldados llevaban vino para combatir el frío?
Sí, se transportaba en cuernos de vaca como recipientes individuales porque no había dinero para comprar cantimploras. En realidad, eran para el agua, pero se dice que alguno que otro llevaba más de uno con vino o aguardiente para no sufrir los embates de ese clima hostil.

¿Qué otros personajes que forjaron los primeros pasos de nuestra nación tuvieron una relación directa con el vino?
En general, y dentro de sus posibilidades, casi todos. Si bien no tenían muchas ocasiones para disfrutarlo con tranquilidad porque las campañas militares y las batallas ocupaban gran parte de sus tiempos, ni bien tenían la posibilidad lo hacían. Domingo Faustino Sarmiento fue otro de los personajes salientes que estuvieron emparentados con la vitivinicultura, sobre todo cuando fue gobernador de San Juan (1862-1864) desde donde impulsó la educación y el desarrollo de las ciencias agrarias en todo el país.
El vino, además, tuvo en esos tiempos, hasta casi la llegada del nuevo siglo, una particularidad muy especial, y creo que aún la sigue manteniendo: ser la bebida para los festejos. De hecho, en muchas oportunidades durante la Guerra de la Independencia, los oficiales solían premiar a sus tropas con copas llenas de vino después de una victoria.

¿A partir de qué momento el vino se transforma en un consumo popular?
La popularidad la alcanza cuando se incrementa notablemente el consumo durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón (1946-1952). Fue muy impresionante el acceso masivo a distintos bienes de sectores que durante mucho tiempo habían estado postergados, no sólo electrodomésticos o automóviles sino también alimentos como la leche, la carne, el pan… y el vino. En este último caso, como se superó la oferta, el Gobierno Nacional autorizó su estiramiento con el agregado de agua para que alcanzara para todos. De ahí en más, diría que es un hito de su presencia en la cotidianeidad, hasta entrada la década del 70, el vino se convierte en un hábito de la mesa. Aparecen las damajuanas, los vinos sueltos y los “pingüinos”. Yo viví esa época, la del tinto con un chorrito de soda en las comidas... era la bebida de los almuerzos y las cenas; la Coca Cola se tomaba sólo en los cumpleaños.

¿La sofisticación del vino de los últimos años ha sido el punto de inflexión para que esta bebida no se convierta en un símbolo de la argentinidad?
Es muy probable. Todavía no terminamos de identificar al vino como un elemento de argentinidad y no cabe ninguna duda de que hoy por hoy lo es, ya que nos representa y nos hace quedar muy bien parados en el mundo. Tal vez esto tenga que ver con el mensaje que la industria estuvo difundiendo sobre el vino a partir del nuevo siglo, en el cual la sofisticación y la calidad se convirtieron en sinónimo de elite, alejándolo de la gente con la consecuente pérdida de la identificación.
Lo paradójico del asunto es que, a la vez que la comunicación apuntaba a una minoría selecta, la mayoría de las bodegas no dejó de elaborar un amplio abanico de opciones en todos los rangos de precios porque sabían –y saben– que hay un gran público para todas esas propuestas. Entonces, en vez de hablarle sólo a unos pocos, por ahí deberían haberse focalizado en el conjunto.

¿Nacional y popular podrían definir lo que debería ser el vino?
Perfectamente. Es que el vino recorre todo el país y ha sido un elemento transversal –y en muchos casos, complementario– a los acontecimientos históricos; es parte de nuestra cultura y pese a que aún no tiene hinchada propia, por lo que decía de la argentinidad, en algunas personas despierta grandes pasiones porque es un elemento vivo. Es por eso que se le hacen canciones, poesías, obras… Hace poco tuve la oportunidad de conversar con Horacio Guarany, un ícono de nuestro folclore y un amante con todas las letras de tintos y blancos, quien me comentó que, al alcanzar la fama, se mudó a una casa en el barrio de Coghlan, de la Ciudad de Buenos Aires. En el terreno lindero, también de su propiedad, construyó lo que él llamó “el templo del vino”, un espacio destinado a agasajar a sus amigos, que tenía parrilla, horno de barro, biblioteca, sala de música con piano… y una enorme cava llena de botellas. Allí se reunía a disfrutar con personajes de la cultura, el arte y el deporte, como Armando Tejada Gómez, Froilán González, Juan Manuel Fangio, Los Chalchaleros, Alberto Olmedo, Jorge Cafrune…

Es muy interesante pensar que el vino esté asociado a ciertos momentos de alegría de la gente…
Sí, claro. Sucede que el vino es la bebida social por excelencia y no hace diferencia de clases. En reuniones populares, el choripán y vino es infaltable; mientras que en festejos de sectores pudientes es, por ejemplo, queso Brie y un tinto de alta gama. La bebida, calidad más, calidad menos, es la misma. En Coplas de baguala del Valle Calchaquí, Atahualpa Yupanqui dice: “Y el rico le dice al pobre, ¡Calavera, chupador!, y el rico chupa en su mesa, y el pobre en el mostrador. Dios hizo al vino y al hombre, pa’ que se puedan juntar, Dios es Todopoderoso, ¡hágase su voluntad!”.

Hoy en día, el vino da mucho prestigio, ¿por qué es tan difícil ver testimonios fotográficos o artísticos que vinculen con el vino a próceres o actores ligados a las decisiones del país?
Hasta no hace mucho tiempo la imagen del vino no era muy buena que digamos porque siempre estuvo emparentada con el exceso y el alcoholismo. En nuestro país hubo graves problemas con esta enfermedad por circunstancias culturales que iban más allá del placer de beber o acompañar una comida: el famoso “copetín al paso” o un vaso de “cabezón” (un tinto al que se llamaba así porque rápidamente se subía a la cabeza) servía a los obreros mal pagos para desquitarse de la situación que vivían. Y se tomaba mucho vino porque era más barato que otras bebidas, incluso hasta la década del 20 del siglo pasado era más económico que la cerveza. A mediados de los 40, en la Argentina peronista, el doctor Ramón Carrillo, al frente de la Secretaría de Salud Pública, desarrolló fuertes campañas en contra del alcoholismo con cierto éxito, obviamente acompañadas de una suma de contenciones sociales y un país en el que había posibilidades de trabajo, de tener la casa propia, de educación…

¿A Perón le gustaba el vino?
Sí, le gustaba y a Evita también, pero en ese sentido ambos eran muy sanmartinianos, muy austeros tanto en las bebidas como en las comidas, que solían ser elaboraciones sencillas; almorzaban y cenaban casi siempre lo mismo: asado con papas y vino con soda.

Sin pretender que hagas futurología, pero basándonos en todo lo que sucedió en todo este tiempo, ¿cómo crees qué serán nuestros vinos en 100 años? ¿Seguirán acompañando los sucesos del país?

Seguramente, ya que su evolución se nota a diario: frecuentemente tenemos mejores ejemplares, más etiquetas y propuestas para degustar, nuevos lugares de producción… Si bien ya es parte de nuestra cultura, con el paso del tiempo se va a ir arraigando aún más en nuestras costumbres… El vino tiene vida y, además, es uno de los inventos más lindos de la humanidad.


Fuente: http://www.elconocedor.com

Dom Pérignon, un verdadero genio


Ya que terminamos la clase de champagnes y espumantes, hoy aprovecho para contarles quién fue Dom Pierre Pérignon (1638-1715). A algunos les debe sonar por el famoso champagne de varias películas o de los boliches de moda (el dibujo es de wired).

Este francés ingresa a los 19 años a un convento de monjes benedictinos, allá por el año 1657. Y hacia 1668 es trasladado a la abadía de Hautvilliers, en la región de Champagne. Como si fuese un custodio templario, está a cargo de los sótanos de la bodega, y por algún día primaveral del año 1670 oye una explosión allí.

Ciego o con muy poca visión pero con los demás sentidos muy desarrollados, tanteando entre los laberintos de botellas en busca de la que estalló, o más bien de lo que provocó el estallido (ya que por su fisonomía me da la apariencia de un hombre medio cascarrabias), prueba el líquido en el suelo (de ninguna manera puedo asegurar que fue así, pero me divierte la imagen bizarra de ver a nuestro personaje cascarrabias, medio gordito, en 4 patas con sus hábitos colgando entre vidrios y champagne, lamiendo el piso; así lo vi a mi amigo M.B. en más de una oportunidad pero sin hábito puesto).

Al sentir algo extraño, habrá abierto otra botella y cuentan que gritó “¡estoy bebiendo estrellas!”, producto de las burbujas que estallaban en su boca, por la fermentación de las azúcares y levaduras del vino que se reactivaron por un día cálido primaveral; se ve que las botellas de esa producción no eran muy resistentes que digamos. Nada lerdo, nuestro amigo notó que estaba naciendo una nueva forma de procesar el vino, inventando el método Champenoise.

Se ve que era un tipo curioso e investigador nato, así que consiguió botellas más fuertes. Y el problemita que le traía la tapa, que le estaría dando varios dolores de cabeza, lo resolvió con un corcho, uno similar al que había visto tapar las cantimploras de unos visitantes del monasterio de Sant Feliu de Guixols (España). Pero no podemos decir que sólo fue un tipo de suerte, en realidad era un curioso nato. Si a varios de nosotros nos hubiese pasado el accidente del estallido de la botella, escoba en mano borraríamos la evidencia de los estallidos de esa cava.

De esta forma, Dom Pérignon descubrió que podía mantener las estrellas dentro de sus botellas, y para esto cambió el envase, investigó la forma de taparlo con un corcho y una corona de alambres para que no se le escaparan a su lugar natural de procedencia, el cielo. También seleccionó las cepas que darían forma a su producto para su cuvée. En el año 1794, la casa Moët et Chandon compró los viñedos de la abadía originaria de este descubrimiento y no dudó en homenajear a nuestro héroe con su producto.

Dom Pierre Pérignon fue enterrado en Epernay, Francia, más precisamente entre las vides, donde se recogen los racimos de uvas para hacer tan rico champagne. Tal vez, como lo hacía vivo bajo el nivel del suelo en las cavas de la abadía de Hautvilliers, su alma sigue investigando y jugando con las raíces de las vides para que tan preciosa bebida deleite a los pudientes tomadores del Dom Pérignon.

Salute y hasta el próximo brindis.

Historia del mezcal


Hace un tiempo vimos algunos cócteles con mezcal, y hoy les propongo conocer un poco de la historia del mezcal, esta bebida mexicana que no es lo mismo que el tequila y su historia.

El maguey, planta con la que se elabora el mezcal, es una de las plantas más sagradas del México prehispánico, y tenía una posición privilegiada en los rituales religiosos, la mitología y la economía.

El origen de esta bebida está rodeada de un mito, se dice que un rayo golpeó una planta de agave, como también se conoce a esta planta, cocino y la abrió liberando su jugo, motivo por el cual el líquido se llama el “elixir de los dioses.”. A pesar de este mito no es seguro que los pueblos originarios de México hayan tenido licores destilados antes de la conquista española.

Los españoles conocían los procesos de destilación desde el siglo VIII y al ir a México llevaron consigo estas técnicas, y al aplicarla al maguey se obtuvo el mezcal, una bebida de alto contenido alcohólico.

HISTORIA DEL VINO DE LA COSTA DE BERISSO, BUENOS AIRES


La costa del Río de La Plata depara encantos y tesoros paradójicamente desconocidos para muchos de los millones que viven en la aglomeración urbana.

Desde el Tigre hasta Magdalena, el litoral ribereño ofrece una amplia gama de opciones para disfrutar del descanso, el esparcimiento y de actividades deportivas. También sustenta una importante tradición productiva, actualmente perdida u oculta en muchos de sus sitios. Berisso, sin embargo, mantiene vivos y latentes esos encantos, entregando la belleza natural de la isla y el delta y la riqueza de su cultura productiva.

Berisso conjuga atractivos turísticos poco conocidos a partir de esta particular naturaleza ribereña y de la variedad cultural expresada a través de nuestras 20 colectividades de inmigrantes, los centros de provincias, nuestra historia de producción y trabajo y el patrimonio urbano arquitectónico que la testimonia.

Los componentes natural y cultural están profundamente enlazados no sólo porque uno es soporte del otro sino porque la actividad humana ha modificado el ambiente dando lugar en la costa a un paisaje que, siendo todavía regido por la naturaleza ribereña del monte costero, incorpora la producción artesanal de las quintas de viñateros, fruticultores, productores de mimbre, cañas, miel y hortalizas. Este paisaje puede recorrerse por unos pocos caminos que se internan en el monte o puede apreciarse desde el Río Santiago y otros cursos de agua que conforman el Delta del Río Santiago.

Este paisaje es también el soporte ambiental de la producción artesanal del Vino de la Costa.

El Vino de la Costa

Durante el período de la inmigración masiva del que Berisso fue protagonista singular por su historia portuaria, en las tierras bajas de la isla y del monte costero muchos de los pioneros cultivaron sus quintas de verduras, hortalizas, frutales y vides, aprovechando la cercanía al mayor mercado consumidor del país. La implantación de la vid americana bajo el sistema de parral rápidamente se adaptó a las condiciones locales, dando como resultado un vino diferente por su aroma frutado y sabor característico, que sigue siendo en la actualidad reconocido por la población de la zona. Se cultivaron principalmente vinos de uva americana o isabella, aunque también de ciruela, blancos y rosados.

El vino de la costa exhibe un carácter regional y diferenciado, con su aroma frutado y sabor característico. Es un producto natural, sin conservantes ni aditivos. Es artesanal, ya que se hace en las quintas de los productores de acuerdo a la tradición, aunque hoy con el aporte técnico de enólogos y profesionales.

Se lo reconoce como excelente compañero de asados, empanadas y fiambres caseros.

Vuelve a estar vigente el Vino de la Costa

Tal como hoy, desde los comienzos de esta tradición productiva, trabajaba en la viña toda la familia para lograr obtener aquel vino que comenzó a consumirse y venderse localmente. Su comercialización llegó pronto a restaurantes y comercios de barrio, a las fondas de la calle Nueva York, a Ensenada y a La Plata.

Se lo conoció como “vino de la costa” o “vino de la viña” y se convirtió pronto en furor cuando el puerto hacía girar al mundo alrededor de esta ciudad. Entre las décadas del '40 y el '60 se llegaron a vender más de un millón de litros anuales. Su elaboración fue desde el inicio un proceso casero, sin productos químicos, hecho con corazón y trabajo, buscando seducir los paladares de los trabajadores de los frigoríficos, para acompañar sus horas de descanso.

A pesar de aquella época de florecimiento y de su notable tradición local, el vino de la costa comenzó a ser amenazado por diversos factores que disminuyeron drásticamente su producción. La progresiva preponderancia de los vinos cuyanos, las crecidas extraordinarias del Río de la Plata, la migración de los jóvenes hijos de los quinteros, jaquearon todo aquel esfuerzo de los pioneros y llevaron al vino de la costa casi hasta su desaparición. Sobrevivió apenas para el consumo familiar y para la venta al menudeo, casi para los amigos.

Tras largos años fuera del circuito comercial, durante las últimas ediciones de la Fiesta del Inmigrante, entre los puestos de la feria, acompañando a las comidas típicas de las colectividades, volvieron a servirse los Vinos de la Costa.

Sin perder el concepto artesanal de la tradición productiva, los viñateros de Berisso han comenzado a volver a creer en el futuro de su producción de vides y ciruelos. En la actualidad, distribuidas en un pequeño número de fincas, la superficie total de cultivo que ocupa la vid americana a crecido a unas 25 hectáreas en el partido de Berisso, con tendencia a incrementarse. La producción de vino ha superado en 2006 los 50.000 litros.

¿Cuándo se creó el primer viñedo?


Las últimas noticias han revuelto muchísima polémica en cuanto al origen de los primeros vinos. Si recordarán, no hace muchos días estuvimos comentando el reciente descubrimiento de vasijas de vino de 2.500 años de antigüedad en Chipre. Pues bien, aparentemente estas también estarían en tela de juicio ante el descubrimiento de otras ánforas de vino en el antiguo Egipto.

Si bien las jarras datan del siglo VI después de Cristo, el hallazgo revela un sitio donde la industia ya estaba muy desarrollada y avanzada, lo que hace suponer de cientos de años de evolución en este trabajo. Si se tiene en cuenta que el vino puede tener su origen en el antiguo Egipto faraónico, entonces podemos decir que el avance de la industria del vino tardó unos cuantos años.

Viñedos hubo hace miles de años, pero una bodega muy particular que un grupo de monjes instaló en el año 996 (recuperando antiguos viñedos de los romanos) sigue existiendo hoy en día, mantenida por sus sucesores. Pero, claro está, este tampoco fue el primer viñedo (aunque sí el más antiguo en pie).


Es interesante tener en cuenta que algunos especialistas ubican el origen del vino incluso antes, en la región de Turquía, mientras que otros sitúan al vino más antiguo en el encontrado en una vasija de Ají Firuz Tepe, en Irán, que datarían del año 5.000 ó 5.500 años antes de Cristo.

Falta mucho avance científico para lograr descifrar la respuesta, pero cada vez que conocemos más sobre la antigüedad del vino vemos que hace más años aún que el vino acompaña al hombre. Por lo tanto, la respuesta será sorprendente, más incluso que la leyenda que hemos visto.

Vía | lugardelvino | lanacion

Antiguos rituales del vino


Debido a que el vino es una bebida que ha nacido hace miles de años, tiene su historia, y hasta sus propios rituales. Según el lugar del mundo donde se realizaban y las diferentes culturas que los creaban, los rituales iban variando y tomaban diversos matices.

Uno de ellos, sucedía en las costas del Mar Mediterráneo, donde tanto europeos como africanos volcaban en el suelo un poco de vino cada vez que iban a tomar y que se abría una botella. La explicación de este ritual tiene sus orígenes en vasijas de Grecia, Turquía, Italia y Egipto. El vino se derramaba para mostrarles a las divinidades lo que debían hacer para fertilizar las tierras que se habían olvidado de cuidar. Y es por esto, que hoy en día, en todo el mundo latino, se considera un hecho de buena suerte cada vez que se derrama vino en la mesa.


Todos los rituales se creaban para Dionisio, el Dios del vino de los griegos, y quien según ellos fue el inventor del vino, y por abusar del mismo, recibió el castigo de la resaca. El vino era una bebida mágica en las ceremonias antiguas, donde se podía obtener algún favor de las divinidades por medio de esta bebida.

Estos rituales siguen vigentes en algunas culturas primitivas, y en aquellos supersticiosos que creen en los antiguos rituales, y que disfrutan cumpliéndolos, para no ahuyentar a la buena suerte.

Vía|picantito

Dionisio: la historia del vino


La historia del vino, según la mitología griega, comienza con amor, sigue con despecho y vuelve a coronarse con amor.

Todo comenzó con una acaramelada pareja de enamorados, que disfrutaban de si mismos en un bello paraje del Olimpo, junto al rio Estiga, durante una calurosa tarde de verano La pareja no era cualquier pareja. No, No. Eran el poderoso Zeus y la hermosa Sémele (hija de Cadmo, el rey de Tebas y de Hermione, la hija de Marte y Venus).

Ambos se habían enamorado loca y apasionadamente, de manera desbordante. Zeus estaba enamorado por completo, y para probarle a Sémele la honestidad de su amor, le juró aquella tarde amor eterno.

Así, escribió en la arena de la playa su declaración, jurando que jamás habría para él otra mujer y que siempre satisfacerla todos sus deseos y para terminar, la cubrió con lirios.

Pero claro, Zeus no era un hombre libre. ¡Ha no!, estaba más que casado y además, ¡con quien estaba casado! Pequeño detalle ese ¿no? Porque su nada simple esposa, era la muy poderosa Hera, una mujer hermosa y temperamental, que para peor estaba totalmente despechada y cansada de los engaños de su enamoradizo esposo.


No era la primera vez que Zeus engañaba a Hera, para nada, pero este romance había colmado su paciencia. Sentía una mezcla de celos y rabia, ¿que tenía que hacer su esposo con esa mortal, simple, paliducha, flaca y sin poder alguno?

Enfurecida, y aprovechando que contaba con el poder de transformarse según su voluntad, tomó la apariencia de Beroe (la nodriza de Sémele) y le dijo que debía guiarla a una nueva y romántica cita junto a Zeus en el palacio real. La loca enamorada corrió a la cita como boba, y se aprontó a la espera de su hombre, completamente engatusada: se acostó desnuda, se cubrió de flores, se perfumó don perfume de jazmín y se adornó con diademas de esmeraldas –tal como le gustaba a Zeus.

Pero claro, por más espera y paciencia que Sémele puso, quien llegó no fue Zeus, sino Hera, ahora con su apariencia habitual pero un mal humor inconcebible. Despechada concentró toda su ira en la bella Séleme y le lanzó una mirada fulminante, que cubrió tal cual rayo de fuego a la pobre victima.

En ese mismo instante, Zeus estaba presidiendo un consejo divino, cuando un inmenso dolor le sobrevino en el pecho. Allí, sin saberlo lo supo, se levantó violentamente y corrió al destino que le indicaba su intuición. Vulcano, su hijo y amigo, le acompañó para asistirlo de ser necesario.

Y de hecho, fue necesario. Cuando llegaron, se encontraron con un doloroso panorama: sólo quedaban cenizas doradas. de quien alguna vez había sido la hermosa Séleme de Tebas. Allí, entre las cenizas, Vulcano descubrió un objeto brillante. Y aleluya, allí estaba el único recuerdo que Zeus obtuvo de su gran amor: ¡era el embrión que Sémele había tenido en su vientre! ¡Era un hijo de Zeus!

Para salvarlo, Vulcano tomó delicadamente al pequeño y sin mediar palabras con su padre, infringió un tajo en el muslo izquierdo de Zeus y colocó allí a su medio hermano para que terminara allí de crecer.

Pasó el tiempo, y finalmente llegó el día en que debía nacer el pequeño Dioniso, fruto del amor inmortal entre Sémele y Zeus. El alumbramiento del niño fue privado: Sólo asistió Zeus y Sémele, cogió a Dionisio y lo depositó en un altar natural cubierto de madreselvas, jazmines y lirios. Repentinamente llegó al evento Hermes (el otro hijo predilecto del rey del cielo) a quien Zeus depositó al niño para que le cuide intensamente, pues sabía más que bien, que Dionisio no podía quedarse en la corte del Olimpo, pues allí su vida corría peligro.

Ese fue el día que nació Dionisio (Baco según la mitología romana), el dios del vino, promotor de la civilización, la paz, y protector de la agricultura y el teatro.
Via | historiacocina

Georgia: ¿la cuna del vino?


Localizada al sur del Cáucaso y al norte de Turquía, en la costa del Mar Negro, la República de Georgia dice ser la cuna del vino, aunque prefiero reservarme un poco de dudas al respecto. Esta república antiguamente fue parte de la Unión Soviética y su capital es Tiflis (también conocida como Tbilisi) y presenta registros de más de 8.000 años de elaboración de vino.

En este país casi todas las familias producen su propia cosecha, y la tradición vinícola es tal que una leyenda dice que, cuando Dios dividió el mundo en distintas naciones, decidió reservarse un territorio para sí mismo. Y parece que en esa división se había olvidado de asignarle un lugar a los Georgianos, a quienes les dió ese territorio que se había reservado, pero a cambio de que cada vez que llegara un extranjero lo recibieran con una mesa llena de comida y vino. No está mal esta hospitalidad como designio divino, ¿no?

Es por este motivo que en Georgia son tan amables al día de hoy, recibiendo tradicionalmente con los brazos abiertos a todo aquel que llegue a su país. Ellos se consideran privilegiados de haber nacido en la tierra donde nació el vino.


Las pruebas arqueológicas han encontrado ánforas de vino de unos 8.000 años de antigüedad, lo que confirma que en Georgia se producía vino antes que en Europa. “El vino es todo para nosotros, es el alma de Georgia. Todas nuestras tradiciones están relacionadas con el vino”, dijo Sulhan Gornadze, productor georgiano.

También es de destacar que, después de los armenios, los georgianos fueron la segunda nación en adoptar el cristianismo en el siglo IV. Y sabemos que el cristianismo y el vino están fuertemente relacionados. En este caso fue San Nino, quien según la leyenda llevaba una cruz hecha con vid mientras evangelizaba a la nación georgiana.

Incluso el término “vino” vendría del georgiano “gvino”. Pero son todas leyendas que de a poco se comprueban o refutan.

Son muchas las naciones que se disputan ser los creadores del vino, y por ahora no está demostrado que sea una la que tiene la razón. Habrá que esperar a ver qué dicen los nuevos descubrimientos.

Vía | lanacion

El vino y los papas, una historia íntima


Es conocida la importancia de la Iglesia en el desarrollo y la difusión del vino y de su mundo. Véanse, sin ir más lejos, los monjes del Císter, de las Abadías de Cluny y Cîteaux, la importancia que tuvieron en la implantación y expansión del vino de Borgoña y la extensión del vino a otros muchos lugares: Camino de Santiago, Castilla, Cataluña, Piamonte... Pero no se conoce tanto la relación directa entre el Vaticano y el vino. Es una historia fascinante, de la que ahora nos acaba de llegar una información más precisa que la generalmente conocida.

Esta breve anécdota puede servir de introducción a las estrechas relaciones de los papas con el vino: En el año 1300, Bertrand de Got, arzobispo de Burdeos, compró un terreno y plantó viñas cerca de su ciudad. En 1306 ascendió al papado con el nombre de Clemente V. Las relaciones entre el rey de Francia, Felipe el Hermoso, y el Vaticano no pasaban por el mejor momento. El nuevo papa decidió establecer la corte papal en Francia, en la ciudad de Aviñón. El papa Clemente V tuvo buen ojo al elegir el lugar: escogió las proximidades de lo que después sería Châteauneuf-du-Pape... Además, cuando fue elegido pontífice donó sus terrenos y propiedades distribuidas, sobre todo, por Pessac, a su sucesor como arzobispo de Burdeos. Este viñedo fue conocido como la viña del Pape-Clément, hoy día uno de los châteaux más reputados de Pessac-Léognan.


Ahora, el profesor italiano Mario Fregoni ha recuperado e investigado un fantástico tratado del siglo XVI sobre la relación de los papas con el vino. Es la primera vez que se publica ya que, hasta este momento, era desconocido.


La parte más importante está dedicada al papa Pablo III y a su sumiller, fuente de informaciones -el entonces llamado 'bottigliere'-, Sante Lancerio. No se sabe a ciencia cierta si se le puede considerar el primer sumiller conocido o existen pruebas de algún otro anterior.


En una época delirante con las enormes luchas intestinas entre las familias más poderosas por situar a alguna persona de su familia como Santo Pontífice: Borgias, Médicis, Della Rovere, Piccolomini, Farnesios...


En pleno Renacimiento, el papa Pablo III Farnesio llamó a su corte al experto en vinos, historiador y geógrafo Sante Lancerio. Este dechado de virtudes seguía al papa en todos sus viajes y le servía refrigerios y ágapes, y los acompañaba siempre con los vinos adecuados. Su intención era elegir prioritariamente un vino del lugar donde se encontraba Su Santidad. En Roma tenía su habitación donde seleccionaba los vinos que le llegaban de cada país, además de los que le enviaban como donaciones u obsequios los potentados que querían agasajar a S.S.


Sante Lancerio desarrolló su trabajo durante todo el pontificado de Pablo III (1534-1559). Después de morir el papa, Lancerio escribió un libro sobre los vinos de Italia dedicado al sobrino de Pablo III, el cardenal Guido Ascanio Sforza. El título era 'Giudicati da Papa Paolo III e dal suo bottigliere Sante Lancerio' ( Sentencias del papa Pablo III y de su sumiller Sante Lancerio), que es un auténtico tratado de todo lo concerniente al vino.


La obra está dividida en dos partes bien diferenciadas:


En la primera se hace referencia a dos viajes históricos del papa: uno fue desde Niza a Roma y el otro desde Ferrara hasta Ancona. Los dos fueron realizados como mediador en las disputas del emperador Carlos V de Alemania y I de España y Francisco I de Francia para intentar conseguir una tregua. Sante Lancerio aprovechó estos viajes para conocer distintas zonas de Italia y los vinos que se producían en ellas. Analiza todos los vinos que encontró a lo largo del camino y los valora desde malo hasta óptimo. Entre los mejores consideraba el de Poggibonsi y el de Savona; los peores eran los de Viterbo: "No hay vinos buenos ni se puede beber el agua".


En la segunda se analizan los 50 vinos que recomendaba al pontífice según el estado de ánimo de S.S., la hora en que los tomaba, el tipo de comida, el día, la época del año, si era para un acto oficial o no... Hace comentarios sobre todos los vinos que se encontraban en la bodega pontificia para agasajar a sus invitados en los banquetes o para alegrar su propia existencia. Encontramos comentarios muy curiosos:


Sobre el vino español su opinión no era muy favorable. Dice que llegan poco a Roma; sólo cuando alguna nave atraca en Civitavecchia y después va en barca por el Tíber hasta el puerto de Ripa en Roma: "Tal vino es potente y creo que muchos españoles, que beben agua, lo hacen por no destrozarse el estómago con tal vino. Tales vinos son tintos y con mucho color. Acostumbran a meterles gran cantidad de yeso y así se consigue un poco el buen color, pero es cosa que hace mucho daño al estómago y al cuerpo. Los blancos son raros y llegan en contadas ocasiones. No son vinos de señores y necesitan bastante agua. Respeto su grandeza. Dicen muchos españoles que se libran durante cien años, en ciertas tinajas de barro muy grandes y bajo tierra. Sí que son vinos para dejárselos beber a ellos. S.S. no quisiera nunca beberlos por nada".


Sobre el vino francés decía: "Vienen de muy lejos, desde Aviñón en la Provenza y del Languedoc. Son vinos raros pero buenos: se siente el cuero y también los terrenos, sobre todo aquellos de Provenza. Me parece que no tienen la categoría que estiman los del lugar. Me parecen buenos para los franceses, para que roer su cólera, así que en Roma no parecen vinos de señores".


De los vinos de Italia, consideraba muy buenos los distintos 'greco' (blancos de esa casta de uva): de Osma, Posílico, Ischia, della Torre (Torre Annunziata), de Nola, de San Gimignano. Los vinos más afamados eran los de la Campania, Calabria y Toscana.


De la Campania resaltaba: Latino bianco, Mazzacane, Asprino, Cola de caballo, Mangiaguerra, Salerno, Santo Severino, Aglianico, Sistignano, Lagrima... De Calabria: Chiarello, La Centula, Pavola, Ciragio, Pasciotta, Calabrés... De Toscana: Trebbiano, Corso d'Elba, Montepulciano, Casentino, Caprarola, Cortona, Bracciano... De otras zonas: Corso, Malvasía, Moscatel, Giglio, Portercole, Riviera, Razzese, Terracina, Siciliano, Romano, Monterano, Sucarno, Salutio, Invrejia, Cerveteri, Bagnaja, della Tolfa, della Riccia, Albano, Magliana, Castel Gandolfo...


Decía el sumiller papel que los vinos piamonteses son muy buenos pero muy difíciles de transportar y consideraba que perdían mucho durante el viaje a Roma. En cambio, el Aglianico que llegaba del reino de Nápoles era uno de los preferidos de S.S., quien se lo bebía con gran placer.


Se trata de un auténtico tratado sobre el vino: habla Sante de los vinos de un villa concreta, de la mejor ubicación del viñedo -él prefiere las viñas situadas en las colinas antes que las de terrenos llanos que producen peores vinos-, de la poca o mucha cantidad de uva que producen las cepas, de las distintas características de los suelos; si son arenosos, pedregosos... Dice que prefiere los vinos de viñas viejas a los de viñas jóvenes, que no le gustan los vinos agresivos, que no se cuezan. Prefiere los vinos que soportan bien el viaje en barriles o toneles.


Tiene criterio para elegir un vino para cada ocasión. Podemos, en suma, afirmar que es uno de los primeros sumilleres de la Historia. Y preguntarnos: ¿Acaso hemos avanzado tanto en 450 años?

Todo sobre la Historia del Cava


El cava es un vino espumoso, de gran calidad que se obtiene realizando la segunda fermentación en la botella (método champanoise) y que se elabora, fundamentalmente, en la región del Alto Penedés catalán , donde se da un 95% de la producción española, y concretamente en la localidad de Sant Sadurní d´Anoia. Aunque actualmente, otras regiones vitivinícolas españolas, como son Valencia, Aragón o Ribera de Duero entre otras, están consiguiendo cavas de excelente calidad que no tienen nada que envidiar a los cavas tradicionales catalanes.

Las uvas que precisan estos vinos son generalmente blancas: Macabeo, Perellada y Xarel-lo; aunque se vienen realizando unos cavas rosados para los que se usan las variedades Garnacha, Monastrell, Trepat y Pinot Noir.

Los tipos de cava españoles son: 1-Brut Nature (Sin azúcar) 2-Extra Brut (Hasta 6 gramos de azúcar por litro) 3- Brut( Hasta 15 gramos de azúcar) 4-Seco( De 17-35 gramos de azúcar) 5-Semiseco( de 33-50 gramos de azúcar)6- Dulce( Más de 50 gramos de azúcar por litro).

Podemos presumir de que España es el segundo productor mundial de vino espumoso que aquí se denomina cava, con una producción de más de doce millones de cajas de 12 botellas por año.

Se dice que Espartero ya descorchó una botella de vino espumoso en unas bodegas de La Rioja, pero todos aceptamos como el padre del cava español a Don José Raventós i Fatjó que en 1.872 lanzó su primera producción al mando de la empresa Codorniu, aunque desde la segunda mitad del siglo XIX, algunas familias catalanas comenzaron a experimentar con los procesos de elaboración del cava.

Será la segunda generación, al mando de Don Manuel Raventós, cuando se iniciará un proceso de comercialización de estos vinos convirtiendo a la localidad de Sant Sadurní D´Anoia en la catital neurálgica del cava.

La denominación de este tipo de vino espumoso como “cava” se debe a que en 1.883, España firmó un tratado con Francia, ratificado en 1.891, mediante el cual se estableció que sólo se puede llamar champagne al que hacen los franceses en la región de Champagne, aunque países como Chile y Estados Unidos, siguen dándole la denominación de champagne al no haber ratificado tal acuerdo.

Durante los años 20 del siglo pasado, el cava se consolida en consumo y producción en toda España y ya en los años 80 toma un gran auge internacional, siendo a día de hoy uno de los pilares fundamentales del sector vitivinícola español.

El vino y la poesía


Como no muchos sabemos, el vino y la poesía van de la mano desde épocas remotas, criando distintas versiones sobre la bebida y la belleza que ella misma nos muestra.

Desde entonces, vemos cual es la importancia del vino, ya que siempre fue motivo de reuniones, fiestas y solidaridad con la humanidad toda.

Para demostrar lo que es la poesía y el vino les comentaré que en el año 1855 el señor y escritor Charles Baudelaire publicó la que era su primer edición de Las flores del mal, un libro que a mi modo de verlo es excelente y muy moderno, en el cual Baudelaire fue condenado por “ofensa a la moral pública y a las buenas costumbres”, ya que escribía sobre “expresiones obscenas”.

En el mismo, había versos sobre el vino. Uno de ellos es “El alma del vino” y citaremos una frase: “En ti caeré, vegetal ambrosía,/ grano precioso arrojado por el eterno Sembrador,/para que de nuestro amor nazca la poesía,/ que brotará hacia Dios como una rara flor.”


Otro de los poemas más conocidos del autor fue “El vino del asesino” con esta frase: “Nadie me puede comprender. ¿Uno sólo/ de entre estos borrachos estúpidos/ sueña en sus noches mórbidas/ en hacer del vino un sudario?”

Es de esta manera que en mi opinión se encontró la poesía en el la bebida más querida del mundo: el vino; ojalá siga viva!!!

Vía revista oliverio

El origen del brindis


Brindis, proviene del término alemán “bring dir’s“, que significa “yo te lo ofrezco”. Según el diccionario de la Real Academia Española tiene dos acepciones: Una, “acción de brindar con vino o licor” y dos, “palabras que se dicen al brindar”.

Aparentemente, todo surge con una victoria, la victoria del ejército de Carlos V sobre su oponente. El lunes 6 de Mayo de 1527, las tropas de Carlos V tomaron Roma de forma victoriosa y en la euforia de haber ganado, lo saquearon todo. Arcediano del Viso lo vio todo, pero el astuto Lactancia (caballero mancebo de la corte del Emperador) convenció al testigo de que el Emperador nada había tenido que ver con el atroz hurto, y que si Dios lo había permitido, era por el bien de la cristiandad.

El pobre Arcediano se lo creyó todo. Yo supongo que a las convincentes palabras de Lactancia, se le sumó algún incentivo con dinero. Pero ese es otro tema, volvamos a lo nuestro.

Con motivo de la victoria, los mandos militares llenaron sus copas de vino y las alzaron al frente diciendo “bring dir’s” (yo te lo ofrezco). Y allí, justo allí, nació la tradición. Y ahora andamos por el mundo copiando al ejército de Carlos V.


Pero claro, como toda historia sobre orígenes, las versiones son varias y este caso no se queda atrás. Muchos ubican esta tradición del brindis, en tiempos anteriores, cuando la época de los antiguos griegos (que según veo, lo han inventado todo).

En los grandes banquetes y convites griegos, los criados servían la bebida en las copas a todos los invitados, entonces el anfitrión alzaba su copa y tomaba un trago como señal de que aquella bebida era buena y fundamentalmente no tenía veneno. Era una especie de muestra de confianza, pues parece que en aquella época envenenar la bebida de los enemigos era un hobby muy usual, super a la moda.

¿Pero que pasa con la costumbre de chocar las copas? Una de las versiones mas aceptadas cuenta que el choque de las copas tenía como función “salpicar” y mezclar el contenido de las copas, y aparentemente era muy usual entre monarcas y nobles, como métodos para eliminar rivales demostrando que no se ofrecía ningún tipo de bebida envenenada. Pues si alguna de las bebidas tenía veneno, este quedaría repartido entre todas las copas.

Otra versión indica, que el origen de golpear las copas nace como necesidad de llamar la atención. Pues las habituales fiestas y banquetes de la sociedad griega y romana, eran tan grandes, de tanta magnitud, que los comensales solían levantar y golpear sus copas para llamar la atención de los sirvientes y para que les sirvieran de nuevo más bebida.

Esta costumbre pasó al brindis, y ahora andamos por la vida golpeteando y brindando todos por la vida. Decimos salud, cheers, proischt, saude, salute, santé, etc. Por suerte, menos preocupados de que alguien llene nuestra copa con veneno.

Via | protocolo

Y todo comenzó con Los Fenicios ...


La evolución y propagación del vino por toda la edad antigua tuvo a una cultura como precursora, la cual llevó el vino a lugares que hoy son los máximos exponentes de la elaboración de vinos a nivel mundial.

Si bien los indicios de la elaboración de vino llegan desde épocas remotas tales como los hombres de las cavernas (se han encontrado semillas de uvas con mas de 12 .000 años de antigüedad, depositadas en cavidades construidas en la roca dentro de cuevas), debemos en si decir que la evolución y propagación del vino por toda la edad antigua tuvo a una cultura como precursora, la cual llevó el vino a lugares que hoy son los máximos exponentes de la elaboración de vinos a nivel mundial (Francia, Italia, España).

Ellos fueron los Fenicios (1200 a.C - 146 a.C), a los cuales se los conoció como un pueblo dedicado a la comercialización de productos con lo que hasta ese momento era Occidente y Oriente. Exploraron el Mediterráneo y aún el Atlántico ingresando por la costa europea hasta Bretaña y las islas Británicas, bordearon las costas africanas hacia el sur, hasta el Senegal, fundando cientos de colonias del tipo factorías e industriales. Intercambiaron mercancías con los egipcios, los griegos, los asirios, los babilonios, africanos, tribus que luego serían parte de España (ej. fundaron Málaga e Ibiza) y por ultimo con China donde se hacían de la seda.
En otras palabras, podemos decir que fueron los primeros comerciantes del mundo a escala global, los inventores del comercio exterior para ser más exactos.

Los Fenicios, además de dedicarse al intercambio de tinturas, telas, metales e inciensos, en sus barcos principalmente transportaban ánforas con vino y en cada ciudad que colonizaban o instalaban sus factorías plantaban en los alrededores vides. Es así que en la actualidad regiones como Penedés, en España y Marsella, en Francia, deban su origen vitivinícola a los Fenicios.

Casi todas las culturas de la tierra (existentes hasta ese momento), le deben el desarrollo en la fabricación y consumo del vino a estos habitantes de las abruptas y accidentadas costas en los Montes del Líbano sobre el Mar Mediterráneo, que con su comercialización diseminaron los viñedos por todas partes.

Luego vendría una segunda etapa en la propagación de la elaboración del vino por todo el mundo que tendría al Imperio Romano como principal responsable y como consecuencia, varios siglos después, el desembarco de la vid en el nuevo mundo, América. Pero esta es otra historia …

Los dioses del vino


Dioniso era el dios de la vid y del vino, aunque muchos otros, con leyendas análogas, aparecen en las más diversas civilizaciones con notable regularidad. Una inscripción del año 2700 a. de C. menciona a la diosa sumeria Gestín con el significativo nombre de < o «sudor de Ra« (dios del sol). Aunque, más tarde, Jesús dijo «yo soy la vid”, el judaísmo no estableció ninguna relación entre Dios y el vino. Prohibía incluso las libaciones, ofrendas de vino a los dioses tan frecuentes en Babilonia, en Grecia y en otras religiones. El vino es importante en el ritual judío, pero su abuso está mal visto.

Cuando el cristianismo se convirtió en religión dominante, hizo desaparecer a Dioniso y a Baco. La desvergüenza que caracterizaba las bacanales fue considerada sacrílega por los primeros obispos, sobre todo porque en ellas participaban las mujeres.

Los romanos, cuya expansión coincidió con el declive de Grecia incorporaron los dioses griegos adaptándolos a sus características. Así, Dioniso se convirtió en Baco, nombre que ya recibía en las ciudades griegas de Lidia, en Asia Menor. De dios del vino, Baco se convirtió en salvador y su culto se extendió sobre todo entre las mujeres, los esclavos y los pobres, hasta el punto de que los emperadores intentaron prohibirlo sin dem siado éxito.

El cristianismo, cuyo desarrollo es indisociable del Imperio romano, asimiló numerosos símbolos y ritos báquicos, y atrajo, en los p meros tiempos, a las mismas categrías de fieles. La significación de la eucaristía es un tema demasiado complejo para ser evocado en pocas líneas. Digamos simplemente que el vino de la comunión era por lo menos tan necesario en una asamblea de cristianos como la presencia de un sacerdote. Gracias a este lugar vital que ocupaba en las prácticas religiosas, el vino subsistió incluso durante el sombrío período de las invasiones bárbaras que acompañaron la decadencia de Roma.

Los monjes y el vino


El vino estaba estrechamente relacionado con el estilo de vida mediterráneo. Al norte de los Alpes, las actividades sedentarias —como el cultivo de la vid— estaban en peligro frente a las oleadas de temibles invasores. Solamente la Iglesia, que necesitaba vino y era capaz de garantizar una continuidad de consumo, permitió la supervivencia de la viticultura. Cuando Europa consiguió salir de esos tiempos tempestuosos, los viñedos se encontraban precisamente alrededor de monasterios y catedrales.

Los monjes no se contentaron con hacer vino: lo mejoraron. En la Edad Media, los cistercienses de Borgoña fueron los primeros en estudiar el suelo de la Cóte d’Or, en transformar los viñedos seleccionando las mejores plantas, en experimentar con la poda y en elegir las parcelas no expuestas a las heladas, que eran las que daban las uvas más maduras. Rodearon sus mejores viñedos con muros: los dos que sobreviven, aunque sólo sea a través del nombre, son una prueba de la perspicacia de estos monjes viticultores. Los cistercienses de Kloster Eberbach hicieron lo mismo en el Rheingau. Todos sus esfuerzos tendían a producir un vino destinado no solamente a la misa, sino a la venta, ya que los monjes desempeñaron un papel esencial en el comercio de vinos durante la Edad Media.

El paulatino retorno a una cierta tranquilidad permitió la expansión de los viñedos y reanimó el comercio. El vino nunca había perdido completamente su valor de bien de cambio:

durante la alta Edad Media (del siglo V al X aproximadamente), por los mares occidentales surcados de piratas, los navíos mercantes zarpaban discretamente de Burdeos o de la desembocadura del Rin rumbo a Gran Bretaña, Irlanda o más al norte todavía. Cualquier jefe bárbaro regaba sus fiestas convino; el ermitaño más aislado siempre lo necesitaba para la comunión.

Con esta resurrección del negocio aparecieron las grandes flotas del vino:

centenares de barcos iban hasta Londres o los puertos de la Hansa. Los ríos también se convirtieron en importantes rutas comerciales: las barricas repletas de vino eran pesadas y difíciles de mover, por lo que el transporte por barco resultaba el más indicado.

Para el hombre medieval, el vino o la cerveza no eran un lujo, eran una necesidad. Las ciudades ofrecían un agua impura y con frecuencia peligrosa. Al desempeñar el papel de antiséptico, el vino fue un elemento importante de la rudimentaria medicina de la época. Se mezclaba con el agua para hacerla bebible. Pocas veces se tomaba agua pura, al menos en las ciudades. «El agua sola no es sana para un inglés», escribió en 1542 el erudito británico Andrew Boorde.

Grandes cantidades de vino circulaban en aquella época. En el siglo XIV las exportaciones de Burdeos hacia Inglaterra eran tan importantes que su media anual no fue superada hasta 1979. El rey Eduardo II de Inglaterra encargó el equivalente de más de un millón de botellas con ocasión de su boda con Isabel de Francia, en 1308. Bajo el reinado de Isabel 1, casi tres siglos después, los ingleses bebían más de cuarenta millones de botellas de vino por año para una población de poco más de seis millones de habitantes.

La leyenda del primer vino: una historia de amor

Como no podía ser de otra manera, la historia de cómo se creó el vino tiene que ver con una historia de amor. Y como nos acercamos a San Valentín, no me parece mala idea contarla en esta ocasión. Más bien mezcla amor, pasión, locura y muerte. O casi muerte.

Esta leyenda viene de medio oriente, más específicamente del Imperio Persa. Allí le adjudicaron a una cortesana el descubrimiento de esta bebida. Cuentan que entre el 4000 y 3000 A.C. un rey persa mandó recoger las uvas (uvas syrah, obviamente) del viñedo real y guardarlas en el depósito del castillo.




Allí las uvas comenzaron a fermentarse, naturalmente, y a expulsar el carbono sobrante. Este largaba un olor extraño que ivadía el sótano, pero como no había un espacio para su escape, quedaba concentrado allí. Entonces comenzaron los rumores: la gente pensaba que el rey tenía veneno en esos toneles.

Esta cortesana formaba parte del harem del rey. Y un día decidió suicidarse. Como pensaba que los toneles de uvas fermentadas eran veneno, se lo tomó, esperando terminar con su vida.

El rey, cuando se enteró de la decisión de esta princesa, bajó hasta el depósito. Cuando la encontró descubrió que la joven muchacha no estaba muerta: todo lo contrario, danzaba alegremente por el sótano.

Entonces descubrieron que la bebida, muy lejos de ser un veneno, era una bebida espirituosa que hacía tanto bien al paladar como al alma. Esta versión establecería que en realidad el vino se descubrió accidentalmente, y no por invención humana.

Pero dejando de lado las leyendas, hay que reconocer que el vino se originó en mesopotamia. Aunque aclaremos un par de datos más:

La primera mención a esta bebida aparece en el Antiguo Testamento cuando Noé, famoso por su construcción de un arca durante el diluvio, menciona esta bebida (Génesis 9:20). Noé plantó viñedos dentro del arca.

Los registros más antiguos de viñas plantadas por el hombre datan de hace 60 millones de años, con evidencia de uvas fosilisadas.

Sea un mito o sea verdad, es casi seguro que el vino se descubrió por una fermentación accidental de las uvas. Además ¿no es una linda historia?

El Vino en la Antiguedad


Ya en la antigüedad, los sirios, iranis, israelitas... conocían la existencia de la vid aunque en estado salvaje en los bosques y tenemos vestigios de que hacían una bebida que era milagrosa y fermentaba sola.

Tres milenios antes de Cristo, la vid llega a Egipto y de allí se expande por los países mediterráneos, en donde se elabora un vino muy rudimentario que consistía en añadir miel al vino de la primera pisada (que era el mejor) y dejar fermentar el mosto de las siguientes pisadas en tinajas, pasando luego a colarlo a través de cestos de mimbre y se clarificaba con ceniza y agua de mar. Se guardaba en tinajas de barro en un lugar cálido y se ponía un tapón de yeso.

En el siglo V ya se conocían distintos tipos de uvas y con ellas hacían los vinos blancos, tintos o dulces.

La viticultura europea a partir de los siglos VI-VII , estuvo casi siempre en manos de los monasterios ya que la iglesia era una de las principales demandantes de vino para el sacramento de la Comunión.

Pero desde el 2.300 a.C. fueron los griegos y fenicios los que propagaron la cultura del vino por el resto de las culturas y fueron, sobre todo, los fenicios los que comerciaron con él como una mercancía de gran valor.

En oriente el vino estaba íntimamente ligado a las posesiones de la iglesia y el palacio, ya que no es hasta la llegada de los romanos cuando el consumo del vino se masifica, siendo casi una obligación social su consumo.

Por su potencial embriagadora, había que beberlo en el Simposium y la copa se elevaba hacia los dioses.

El vino era rebajado con agua ya que como usaban uvas muy maduras para su realización, tenía una gran concentración alcohólica. La mezcla con agua variaba según la importancia del acto que se celebraba y de sus participantes. El vino en estado puro era reservado para los bárbaros, ya que griegos y romanos pensaban que sin mezclar los podía enloquecer. También pensaban que otras bebidas que provenían de cereales(cerveza...) eran para las clases inferiores y llegan hasta tal punto, que creen que hay grandes diferencias entre emborracharse con vino y con cualquier otra bebida para bárbaros y pobres.

De esta forma, el vino toma una gran importancia en la Iberia romana y tiene una influencia cultural tan grande, que existía la creencia de que los dioses del vino, Dionisos y Baco, sólo entregan sus dones a los que los merecen.

Vinos: mitos y tradición


En el día de hoy voy a hablar de ¿cómo y dónde se descubrió el vino? El descubrimiento del vino fue sin duda una de las más embriagadoras experiencias del hombre. En algunas culturas, se relaciona su descubrimiento con personajes mitológicos o figuras patriarcales como la de Noé, otros consideran que sucedió en tiempos prehistóricos.

Basándonos en la figura patriarcal de Noé, este habría sido, primero, el propugnador de la viticultura al salvar su poderosa arca, y segundo, el descubridor de la preciosa bebida.

Los romanos fueron los que difundieron el cultivo de la vid, pero la importancia económica y cultural del vino se dio después del año 1000, tal como pasó en el siglo XIV, la curia de Pinerolo hacía que coincidieran las ferias con la vendimia, y entre los campesinos se empezaba a seleccionar las cepas en función de las características del terreno y de las exigencias de los gustos.


Como es natural, una bebida cuyas raíces ahondan en el mito, no podía ser evocada por la leyenda, y el relato “El diablo y la santificación del domingo”, escrito por el Profesor J. Jalla a comienzos del siglo pasado, lo documenta muy bien, y a la vez expresa entre líneas, un mensaje educativo y moral acerca de lo que podía conllevar un consumo excesivo.

Los vinos nombrados en el relato son el de Pomaretto (probablemente el Ramíe, un vino muy preciado) y el de Ricopanso, vino “cuasi-legendario” por obtenérselo en viñedos cultivados a más de mil metros de altura, en las pendientes más expuestas del Valle Germanasca, por lo general en la zona de Maniglia. Este vino, es considerado como áspero, pero de escasa graduacón alcohólica (máx. 7/8 grados), tendría la virtud de hacer bailar al menos bailarín.

Breve historia sobre el vino


El vino tiene una larga historia y cada botella puede tener la suya, lo que contribuye muchísimo a la fascinación que ejerce esta bebida. Pero su papel en la historia de nuestra cultura es incluso más amplio y más profundo. El vino es una de las primeras creaciones de la humanidad y ha ocupado una plaza privilegiada en numerosas civilizaciones. Por otra parte, representa toda una serie de descubrimientos relacionados con las primeras reacciones químicas efectuadas por el hombre: la fermentación y la oxidación.



Es imposible saber quién fue el primer viticultor. Las grandes civilizaciones de la Grecia y de la Roma antiguas situaban el origen del vino en la prehistoria y rodeaban su nacimiento de leyendas. El antiguo Egipto nos ha dejado listas de vinos: los egipcios mencionaban incluso la añada, el viñedo y el nombre del vinificador en sus jarras: fueron las primeras etiquetas. Los babilonios llegaron a promulgar leyes reglamentando la explotación de una tienda de vinos.

En la Epopeya de Gilgamesh, la primera obra de ficción de la literatura universal, datada hacia el año 1800 a. de C., se habla en términos poéticos de un viñedo mágico formado por piedras preciosas. Es posible hacer vino incluso con uvas silvestres. Gracias a los azúcares concentrados en los granos y a la abundancia de su jugo, la uva es el único fruto con una tendencia natural a fermentar. De este modo, cuando la uva está madura, su jugo entra en contacto con las levaduras, presentes naturalmente en la piel de las bayas. Si el jugo se encuentra en un recipiente, el vino se hará solo.

Es posible imaginarse a un hombre de la Edad de Piedra depositando unos racimos maduros en algún tipo de recipiente —pote de arcilla, bol de madera u odre de piel— y dejándolos fermentar, quizá por haberse olvidado de ellos.

Cuando hace calor, es cuestión de horas. Después de unos días, el líquido obtenido será una especie de vino. ¿Quién fue el primero que bebió ese zumo excitante y delicioso? No lo sabremos jamás, pero él —o ella— vivió posiblemente la experiencia de la primera «resaca». Elemento festivo o de ceremonia religiosa, medicamento o antiséptico, el vino ha desempeñado numerosos papeles. Pero uno de los acontecimientos cruciales de su historia se remonta a fechas relativamente recientes: el dominio del arte de la crianza. El hecho de poder guardar un vino durante años —y conseguir mejorarlo en barricas o en botellas— marca el nacimiento del vino de calidad.

Numerosas civilizaciones han considerado el vino como el acompañamiento imprescindible de un banquete. En la época le este mosaico, uno o dos siglos a. de C., los romanos sabían ya qué viñedos producían los mejores vinos.

El primer viñedo

Es probable que se produjeran vinificaciones accidentales en todas partes donde hubiese a la vez uvas en estado silvestre y población humana. Un paso muy considerable fue franqueado con el cultivo de la vid. Los arqueólogos pueden determinar si las pepitas encontradas en yacimientos habitados provienen de uvas silvestres o cultivadas. Se han descubierto pepitas de vid cultivada en el Cáucaso, al este del mar Negro. Tienen una antigüedad de unos siete mil años. Así, puede decirse que el primer viñedo fue plantado con toda probabilidad entre los actuales territorios de Turquía, Georgia y Armenia. Sabemos que en esta región, cuyo clima y relieve son particularmente propicios al cultivo de la vid, crecía antaño en estado silvestre.

Vino y religión

El aspecto esencial de este primer período de la historia del vino es que los griegos de la antigüedad —y a continuación los romanos— le reservaban un importante lugar en sus vidas. Por esta razón, y sobre todo por sus usos religiosos y rituales, el vino se convirtió en un elemento clave de la civilización occidental. Ya en tiempos de la antigua Grecia también los chinos conocían el vino, pero no lo explotaban de forma sistemática. El cultivo de la vid aparece igualmente en ciudades de Persia y de la India, aunque no deja en ellas huellas muy profundas. En cuanto a la América precolombina, sus culturas jamás descubrieron el vino pese a la presencia de vides silvestres y a la existencia de civilizaciones refinadas.

La práctica y las creencias cristianas descienden en línea recta de los rituales griegos y romanos. El empleo del vino en forma sacramental está ligado directamente con el judaísmo, pero las similitudes más fuertes aparecen en la comparación con el culto griego de Dioniso, dios del vino, y de Baco, su equivalente romano. Según la leyenda, Dionisio llevó el vino a Grecia desde Asia Menor, la actual Turquía. Hijo de Zeus, Dionisio tuvo un doble nacimiento, uno humano y otro divino (el mito es bastante oscuro, al menos para nosotros), y en el primero su madre era una simple mortal, Semele. Este dios era la vid y el vino era su sangre.

LOS DIOSES DEL VINO

Dioniso era el dios de la vid y del vino, aunque muchos otros, con leyendas análogas, aparecen en las más diversas civilizaciones con notable regularidad. Una inscripción del año 2700 a. de C. menciona a la diosa sumeria Gestín con el significativo nombre de Lágrimas de Horuso «sudor de Ra« (dios del sol). Aunque, más tarde, Jesús dijo «yo soy la vid”, el judaísmo no estableció ninguna relación entre Dios y el vino. Prohibía incluso las libaciones, ofrendas de vino a los dioses tan frecuentes en Babilonia, en Grecia y en otras religiones. El vino es importante en el ritual judío, pero su abuso está mal visto.

Cuando el cristianismo se convirtió en religión dominante, hizo desaparecer a Dioniso y a Baco. La desvergüenza que caracterizaba las bacanales fue considerada sacrílega por los primeros obispos, sobre todo porque en ellas participaban las mujeres.

Los romanos, cuya expansión coincidió con el declive de Grecia incorporaron los dioses griegos adaptándolos a sus características. Así, Dioniso se convirtió en Baco, nombre que ya recibía en las ciudades griegas de Lidia, en Asia Menor. De dios del vino, Baco se convirtió en salvador y su culto se extendió sobre todo entre las mujeres, los esclavos y los pobres, hasta el punto de que los emperadores intentaron prohibirlo sin dem siado éxito.

El cristianismo, cuyo desarrollo es indisociable del Imperio romano, asimiló numerosos símbolos y ritos báquicos, y atrajo, en los p meros tiempos, a las mismas categrías de fieles. La significación de la eucaristía es un tema demasiado complejo para ser evocado en pocas líneas. Digamos simplemente que el vino de la comunión era por lo menos tan necesario en una asamblea de cristianos como la presencia de un sacerdote. Gracias a este lugar vital que ocupaba en las prácticas religiosas, el vino subsistió incluso durante el sombrío período de las invasiones bárbaras que acompañaron la decadencia de Roma.

LAS REGIONES VITÍCOLAS DEL ANTIGÜEDAD MEDITERRÁNEA

Los egipcios, los sumerios y los romanos daban un nombre a sus viñedos y discutían para establecer cuáles eran los mejores vinos. El país que la Biblia llama Ganaán —tal vez Fenicia o Siria— era famoso por su vino. «El vino de los lagares de Daha es tan abundante como el agua viva», escribió un cronista egipcio. Daha se encontraba en alguna parte del país de Canaán, donde los egipcios compraban madera para sus construcciones y, desde luego, vino. Según la Biblia, los hebreos habían traído de Ganaán un racimo de uvas tan grande que fueron necesarios dos hombres para transportarlo.

El Antiguo Testamento está lleno de referencias a viñedos. Los romanos dejaron esmeradas definiciones de los mejores vinos de Italia. En el más alto rango se situaba el de Falerno, localidad al sur de Roma, que estaba considerado como el mejor de la época, seguido de los vinos de Alba (los montes Albanos de la actualidad). En Pompeya, gran puerto vitícola de la Italia romana, un comerciante en vinos se hizo tan rico que pudo mandar construir a su costa el teatro y el anfiteatro de la ciudad. Los romanos apreciaban también los vinos de España, de Grecia y —en la época imperial— los de la Galia, el Rin y el Danubio.

Los monjes y el vino

El vino estaba estrechamente relacionado con el estilo de vida mediterráneo. Al norte de los Alpes, las actividades sedentarias —como el cultivo de la vid— estaban en peligro frente a las oleadas de temibles invasores. Solamente la Iglesia, que necesitaba vino y era capaz de garantizar una continuidad de consumo, permitió la supervivencia de la viticultura. Cuando Europa consiguió salir de esos tiempos tempestuosos, los viñedos se encontraban precisamente alrededor de monasterios y catedrales.

Los monjes no se contentaron con hacer vino: lo mejoraron. En la Edad Media, los cistercienses de Borgoña fueron los primeros en estudiar el suelo de la Cóte d’Or, en transformar los viñedos seleccionando las mejores plantas, en experimentar con la poda y en elegir las parcelas no expuestas a las heladas, que eran las que daban las uvas más maduras. Rodearon sus mejores viñedos con muros: los dos que sobreviven, aunque sólo sea a través del nombre, son una prueba de la perspicacia de estos monjes viticultores. Los cistercienses de Kloster Eberbach hicieron lo mismo en el Rheingau. Todos sus esfuerzos tendían a producir un vino destinado no solamente a la misa, sino a la venta, ya que los monjes desempeñaron un papel esencial en el comercio de vinos durante la Edad Media.

El paulatino retorno a una cierta tranquilidad permitió la expansión de los viñedos y reanimó el comercio. El vino nunca había perdido completamente su valor de bien de cambio:

durante la alta Edad Media (del siglo V al X aproximadamente), por los mares occidentales surcados de piratas, los navíos mercantes zarpaban discretamente de Burdeos o de la desembocadura del Rin rumbo a Gran Bretaña, Irlanda o más al norte todavía. Cualquier jefe bárbaro regaba sus fiestas convino; el ermitaño más aislado siempre lo necesitaba para la comunión.

Con esta resurrección del negocio aparecieron las grandes flotas del vino:

centenares de barcos iban hasta Londres o los puertos de la Hansa. Los ríos también se convirtieron en importantes rutas comerciales: las barricas repletas de vino eran pesadas y difíciles de mover, por lo que el transporte por barco resultaba el más indicado.

Para el hombre medieval, el vino o la cerveza no eran un lujo, eran una necesidad. Las ciudades ofrecían un agua impura y con frecuencia peligrosa. Al desempeñar el papel de antiséptico, el vino fue un elemento importante de la rudimentaria medicina de la época. Se mezclaba con el agua para hacerla bebible. Pocas veces se tomaba agua pura, al menos en las ciudades. «El agua sola no es sana para un inglés», escribió en 1542 el erudito británico Andrew Boorde.

Grandes cantidades de vino circulaban en aquella época. En el siglo XIV las exportaciones de Burdeos hacia Inglaterra eran tan importantes que su media anual no fue superada hasta 1979. El rey Eduardo II de Inglaterra encargó el equivalente de más de un millón de botellas con ocasión de su boda con Isabel de Francia, en 1308. Bajo el reinado de Isabel 1, casi tres siglos después, los ingleses bebían más de cuarenta millones de botellas de vino por año para una población de poco más de seis millones de habitantes.

El aficionado al buen vino:
La demanda de vinos de consumo diario ocupó a los viticultores y bodegueros durante muchos siglos. Pero hacia finales del siglo XVII apareció en el mercado una nueva exigencia: se pedían vinos que procuraran una experiencia estética. Los romanos de la antigüedad ya habían buscado las mejores añadas del imperio, del mismo modo que los reyes y los abades de la Edad Media exigían también lo mejor. Pero la novedad, en Francia y naturalmente en Inglaterra, fue la emergencia de una nueva clase social con dinero y buen gusto que estaba dispuesta a pagar lo que fuera por un gran vino.

En Francia, los cortesanos de la Regencia (1715-1723) reclamaron —y obtuvieron— grandes cantidades de champágne de mejor calidad y más efervescente. En Inglaterra, durante la misma época, los grandes personajes del reino, encabezados por el primer ministro Robert Walpole, buscaban los mejores vinos tintos de Burdeos.

A esta generación debernos el concepto de «gran vino» tal como lo conocemos en la actualidad. Hasta entonces, el vino se bebía dentro del año de la cosecha; cuando se acercaba la nueva vendimia, el precio del vino «viejo» caía. En 1714, un comerciante parisino reclamaba a su corresponsal en Burdeos «buen vino, vino fino, viejo> negro y aterciopelado». Naturalmente ya se sabía criar y mejorar el vino. Comenzaba la era de los vinos de calidad.

Se atribuye generalmente a Arnaud de Pontac, presidente del parlamento de Burdeos hacia 1660, el mérito de haber inaugurado esta búsqueda de la calidad. Propietario del Cháteau Haut-Brion, se puso a producir un nuevo tipo de vino empleando métodos que más tarde serían corrientes: bajo rendimiento, selección esmerada, rigor en la vinificación y añejamiento en bodega. El objetivo era evidentemente crear una reputación que justificase un precio elevado.

En Londres, los vinos de Haut-Brion llegaban a triplicar el precio de otros buenos vinos. En una generación, otras denominaciones bordelesas —con Latour, Lafite y Margaux a la cabeza— se habían incorporado a esa corriente. Los refinamientos se sucedían: selección de las mejores variedades, drenaje de. los viñedos, precisión creciente en la crianza y en las operaciones realizadas en la bodega. Empezaron así a producirse vinos finos en grandes cantidades.

Francia tuvo que esperar la revolución industrial para que la producción de vino de mesa alcanzase un volumen equivalente. El desarrollo de las ciudades, en las que la población obrera no cesaba de crecer, fue el factor que multiplicó la demanda de vino barato. El ferrocarril permitió satisfacerla —gracias a los amplios y soleados viñedos del Midi.

Las plagas de la vid

Precisamente en el Midi francés apareció por vez primera, en 1860, la más devastadora de las plagas de la vid: la filoxera, un pulgón del tamaño de una cabeza de alfiler que provocaba la muerte de la vid al nutrirse del jugo d sus raíces. Había llegado accidental mente de América del Norte cuando los barcos de vapor comenzaron

atravesar el océano lo bastante rápido como para que el parásito, presente en las plantas importadas, pudiese sobrevivir al viaje. Toda Europa se vio afectada: casi ninguna vid pudo escapar de la plaga. Al cabo de cuarenta años de estragos se encontró la solución: las vides injertadas en pies americanos eran inmunes. Pero la filoxera no fue el único problema: dos enfermedades, el oídio y el mildiu, atacaron las viñas europeas en la misma época. En muchas regiones de Europa, numerosos viñedos arrasados por la filoxera nunca se han vuelto a replantar.

El gran desarrollo del siglo XX

Es innegable que el mundo del vino tuvo que dedicar una buena parte del siglo XX a reponerse de la crisis atravesada en la segunda mitad del XIX. Después de la Primera Guerra Mundial, el consumo europeo alcanzó nuevos récords, pero el vino, procedente del Midi francés, de La Mancha o del norte de Africa, era mediocre. Incluso los grandes vinos —de Burdeos, de Borgoña, del Riny del Mosela— se vendían a bajo precio: sus consumidores, en otro tiempo prósperos, se habían visto afectados por las guerras y las crisis. Los viñedos más favorecidos fueron los del Nuevo Mundo: al oeste de Estados Unidos, en Australia, en Sudáfrica y en Nueva Zelanda, inmigrantes llegados de Europa plantaban en suelos vírgenes para aplacar la sed de otros colonos.

La búsqueda de autenticidad

Los esfuerzos llevados a cabo para superar las consecuencias de la filoxera y las crisis económicas incluyeron el desarrollo de la legislación vitícola. Se intentaba también combatir el fraude: vinos ordinarios etiquetados bajo grandes nombres, vinos adulterados, etc. De esta forma nació el sistema francés de denominaciones de origen (AOC) y las reglamentaciones que se han inspirado en él, aunque sea parcialmente, en casi todo el mundo.

Los tumultos protagonizados por los viticultores de Champagne en 1911, debidos a los bajos precios de sus vinos, constituyeron el episodio más señalado de una larga serie de protestas. Después de la Primera Guerra Mundial, el gobierno francés aprobó la mencionada AØC, que se convirtió a partir de ese momento en un sistema de garantía de autenticidad. Variedades, límites territoriales, métodos de poda: todo está reglamentado.

El descubrimiento del control

La ciencia empezó entonces a desempeñar un papel importante y se desarrollaron programas de investigación sobre la vid, la fermentación o la crianza en bodega. Con el conocimiento llegó el control: los rendimientos se hicieron mucho más previsibles y elevados. Paralelamente, el consumo de vino se convirtió en un fenómeno que se puso de moda en el mundo entero. Los viñedos famosos consiguieron estar a la altura de la demanda gracias a excelentes y abundantes vendimias (la década de los 80 fue particularmente notable en este sentido). Por otra parte, los mejores vinos del Nuevo Mundo comenzaron a rivalizar en calidad con los mayores clásicos europeos. Para los productores, el fin del siglo XX marca un período de prosperidad; para los aficionados al vino, una edad de oro, con abundancia de buenos vinos a precios relativamente razonables. Las víctimas de esta evolución son sin duda los productores de vinos baratos.

Sin duda nuevos países productores van a acceder a un mercado en buena medida saturado. Las técnicas actuales permiten mejorar rápidamente los vinos de las regiones menos famosas, como lo demuestran los resultados de las inversiones realizadas en el Languedoc-Rossellón. Para el consumidor, el porvenir inmediato promete vinos mejores y mayores cantidades. En cuanto a los productores, se verán enfrentados a un duro reto por la competencia internacional.

Fuente: portaldecocina.com